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abril 2020

Buscando
Vicios cinéticos. Micaela Albanese, París, 2020.

Mara Beger deambula por Avenida Corrientes y reflexiona sobre el cuerpo, la mirada y la errancia. En ese recorrido aparecen el yoga, Belmondo, Arlt y una subjetividad rendida a la cruel distracción de quien ya no espera nada.


Siendo imposible entenderlo, sé que si lo entiendo es porque estoy equivocándome.
Entender es la prueba de la equivocación.

Clarice Lispector

El castigo a perpetuidad ha generado el vagabundeo.

Anton Chejov


Un cuerpo deambula por una ciudad. Los músculos de un cuerpo deambulan por las calles de una ciudad. Los huesos de un cuerpo deambulan por los cimientos de una ciudad. Y eso es todo.

Silencio y quietud. De la piel en su totalidad y de la grasa que recubre la piel. De los músculos que recubre la grasa, de los fluidos que recubren los músculos. Los nervios y por debajo toda la médula ósea. Silencio y quietud para toda la médula ósea.

B. K. S. Iyengar, un maestro del yoga, dijo: “Cuando la mayoría de las personas se estiran, simplemente se estiran hacia el punto que intentan alcanzar, pero olvidan extenderse y expandirse desde el lugar en el que están. […] Se estira demasiado cuando se pierde el contacto con el propio centro”. Queremos conquistar. Queremos llegar. Dividir, organizar, efectivizar. Quisiera evitar todo esto. Moverme en un circuito reducido hasta agrietarlo. Ser una idiota. 

Hasta abrir algún tejido. Hasta tocar el hueso. Y caminar, caminar mucho hasta agarrar los caños de la ciudad con la mano. Agrandarlo todo por dentro, replegarse para encontrar un hueco donde estar. Suavizar la mirada. Aceptar que no se entiende. Aceptar la derrota como un vagabundo, con la frescura del que está lleno de fe y la cruel distracción de quien ya no espera nada. 

El cuerpo no sabe a dónde ir

Creo que todo empezó copiando. Tal vez la mayoría de las cosas empiezan así. Quién sabe si algo le es propio. Lo importante es que nadie que haya mirado una película de Godard vuelve a la calle como antes. Y digo a la calle porque es la unidad mínima del mundo. Era adolescente y Belmondo apareció en la pantalla. Belmondo entrando y saliendo. Belmondo esperando. Fumando. Bailando. Ninguna acción como consecuencia de otra. Ningún conector social. Belmondo habla y dice algo sobre todas las cosas. No hay preámbulos, no hay relleno. Hay poesía. Nada es porque sí y a la vez nada es necesario. Belmondo no tiene rutina pero tiene un cuerpo. Y yo quise ser eso. Probé eso. 

No soy Belmondo pero tuve cuerpo cuando empecé a practicar yoga. Y digo que tuve cuerpo porque tuve conciencia de mis huesos, de mi sangre, de mis músculos; aunque sea una vez, me basta para decir que ahí nació. No soy Belmondo porque ahora tengo un trabajo que apesta en el barrio de Congreso. Oficinas, jefes, horarios. Pero lo que apesta expulsa y no tardé en encontrar la forma de huir. Deambulo por la avenida Corrientes todo el tiempo que puedo. Sólo ese pedazo de avenida Corrientes del que habla Roberto Arlt: “La verdadera calle Corrientes comienza para nosotros en Callao y termina en Esmeralda. Es el cogollo porteño, el corazón de la urbe. La verdadera calle”.  

Un vagabundo: las deformaciones y Dios. 

Etimología: del latín vagabundus, “inclinado a errar”. Todos somos esencialmente unos vagabundos (y entiéndase la palabra en relación a su origen, no respecto a aquellos que faltos de casa y plata están destinados a errar de un lugar al otro). Estamos inclinados. Nuestro cuerpo. La columna tiene deformaciones. Porque está habitada. Habitar es dejar una huella. 

Para el hinduismo, los vagabundos son personas que renuncian a la vida mundana y son venerados y respetados por la población. Deambulan por las ciudades en busca de la moksa o liberación. 

La palabra yoga deriva de la raíz Yuj que significa unión; unir la conciencia del hombre con la conciencia universal o de Dios. El yoga es uno de los seis sistemas filosóficos de la India. Una filosofía práctica. Para el yoga no tenemos un cuerpo, tenemos cinco: físico, mental, energético, espiritual y cósmico. Para el yoga hay un Dios. Hay que estar limpio por dentro y fuera, hay formas de comportarse con uno y con el resto (Yama y Niyama). El yoga se propone purificar la mente y así lograr un estado libre de deseo, apego o ambición. Lo cierto es que el yoga tiene un método, instrucciones para llegar a esa liberación.

Nunca busqué una liberación. 

No creo que siempre haya que estar limpio, ni por fuera ni por dentro, tampoco sé muy bien qué quiere decir eso de estar limpio. No creo que haya modos de comportarse. No creo que haya un Dios, ni un estado libre de deseo. No hay cosas que sean verdad. Todo es verdad en la medida en que aparece lo singular, la imaginación: un dios tuyo, un dios mío. 

El yoga y el vagabundeo exigen replegarse. Ir hacia adentro. El deseo hacia lo otro, hacia lo desconocido, hoy más que nunca se funda a través de la imagen. Nosotros, que también somos lo desconocido, nos presentamos como imagen y vamos fabricando un nuevo cuerpo público con una gran consciencia de “estar siendo visto”. Este cuerpo, esta construcción creativa y seguramente verdadera como toda ficción, otorga una importancia extraordinaria a la vista: los ojos, nuestro órgano capitalista. Dice Roland Barthes: “A fuerza de mirar, uno se olvida también de que puede ser objeto de miradas”. Esa fuerza desinteresada por mirar arrasa con la autoobservación permanente, nos permite olvidar el “estar siendo observados”. Esa fuerza permite que se vaya desterrando la mirada más convencional, la que “hace que mira”. Se trata de esperar eso, que la mirada habitual se agote. 

Dice el filósofo Byung-Chul Han: “Desterrar la terrible realidad mediante imágenes. Las fotos bonitas como imágenes ideales blindan a estos turistas frente a la sucia realidad

El vagabundo y el yogui en su deambuleo corporal/urbano van agrietando estas imágenes ideales permitiendo que aflore la sucia realidad, la luz de lo desconocido, del deseo.  

Camino por Corrientes. Veo a las personas pasar. Las cabezas tiran de los cuerpos y ellos avanzan. Los pies y las piernas parecieran hacer poco. Hay una sobreexposición de la cabeza, de la cara y de los ojos. Se avanza con la mirada. La espalda, la columna, queda con una leve curvatura hacia adelante. Una inclinación. Una cierta joroba que aparece y que, como contraposición, si crece y se vuelve más pronunciada nos irá impidiendo la posibilidad de mirar lo que hay más allá, más arriba de nosotros.

El accidente: hay vagos y vagos. 

Acá está el propio Iyengar haciendo Adho Mukha Svanasana. Una postura que puede hacer un principiante. ¿Cómo hace? Copia. 

En las primeras clases se copian las figuras. Se dan pocas instrucciones: extender brazos y piernas, llevar los glúteos al techo. A medida que la práctica se profundiza, las instrucciones son más y más precisas. Más tarde entendí que cada parte del cuerpo toma una dirección, por dentro y por fuera. Y que el brazo tiene muchas partes. Y que el brazo se relaciona con los órganos. El yoga es una deriva: la posibilidad de la expansión infinita y una confirmación permanente de nuestra condición de materia compacta. 

Es curioso cómo se vende el yoga en estos tiempos. No digo que palabras como soltar, respirar o paz no le quepan. Pero el yoga son los huesos, es la sangre, es la nariz por la que ingresa el aire, y todos los órganos por debajo. Lo interesante es la percepción que aparece del cuerpo físico, las nuevas imágenes que componemos del cuerpo por dentro: “Y fue tan cuerpo que fue puro espíritu”, dijo Clarice Lispector. Las fórmulas para vender el yoga son abstractas, venden una recuperación rápida. Pienso otra vez en lo que dice Iyengar: la mayoría de la gente se extiende hacia, no desde. El yoga no va hacia la salud. El yoga ante todo nos ayuda percibir nuestra dureza, lo torcidos que estamos. Y todo el espacio que tenemos. Avancemos desde ahí, esperemos el accidente.

Dice Francis Bacon en una entrevista que le hace Marguerite Duras: “No dibujo. Empiezo haciendo todo tipo de manchas. Espero lo que llamo «el accidente»: la mancha desde la cual saldrá el cuadro. La mancha es el accidente. Pero si uno se para en el accidente, si uno cree que comprende el accidente, hará una vez más ilustración, pues la mancha se parece siempre a algo. No se puede comprender el accidente.”

El vagabundo también espera el accidente. Entra de a poco en las calles, se deja ir, sigue el ritmo de las piernas, mira. Empieza mirando mucho, es por eso que recorre encarnizadamente las calles: la vista se va agotando. También el cuerpo. Llega el cansancio, la vista se atonta, aparece una mirada más panorámica, chispazos de imágenes dentro de un paisaje. Un desdoblamiento: el pensamiento y la mirada se escurren, se van. 

Hacer yoga es una deriva, un vagabundeo dentro de este cuerpo estrecho, como Corrientes, larga y siempre encendida. No se puede estar a la deriva sabiéndolo. Una vez más querríamos adornarla, dibujarla. Entonces, habría que estar lo profundamente presente y disponible como para que suceda el accidente y al mismo tiempo lo suficientemente despistado como para no entenderlo. Por eso la inclinación hacia. No una decisión. Un leve balanceo. Ser una idiota. Ser lenta. El estado del vagabundo es el del desdoblamiento.

Otra vez, Arlt: “Comienzo por declarar que creo que para vagabundear se necesitan excepcionales condiciones de soñador. Ya lo dijo el ilustre Macedonio Fernández: ‘No toda es vigilia la de los ojos abiertos’. Digo esto porque hay vagos, y vagos. Entendámonos”. 

Belmondo en la pantalla. Belmondo libre. Después de esa libertad no hay vuelta atrás

Los circuitos under del cuerpo

Corrientes está siempre abierta: “La calle que arranca un suspiro a los desterrados de la ciudad. La calle que se quiere, que se quiere de verdad. La calle que es linda de recorrer de punta a punta porque es calle de vagancia, de atorrantismo, de olvido, de alegría y de placer”,  dijo Arlt. La calle de las desarmonías. La calle llena de circuitos. 

Como el cuerpo. Que tiene sus circuitos transitados, los obvios, los más vistos. Como las pizzerías y las librerías de Corrientes. Pero tiene otros unders. Los huesos y las articulaciones son unders. También los oídos y toda la parte posterior del cuerpo. La cara es un circuito obvio, los brazos y las piernas también pero la parte posterior de las rodillas es absolutamente under. Lugares del cuerpo que parecieran ser de paso, sólo engranajes de la gran máquina. 

Corrientes es una calle de paso para los trabajadores del centro de la ciudad de Buenos Aires y también un lugar de diversión, de disfrute. Y de olvido, dijo Arlt. Y esa palabra es un acierto: porque ahí uso al cuerpo como máquina para ir y venir y hacer las cosas que tengo que hacer. Pero también con el cuerpo tomo sol, beso, bailo, nado en el mar. Ahí el cuerpo es otra cosa. Ya no lo necesito para algo, ya no es trabajo, no es un tránsito. ¿Y qué es coger, tomar sol, nadar, acariciar sino una deriva? Algo que no se sabe cuándo va a terminar, ni dónde, ni para qué. 

Por eso esta calle y mi cuerpo son siempre nuevos. Lugares de disputa donde los cimientos, la piel y los huesos se pliegan, se torsionan. Los circuitos que quiero ablandar hasta abandonarme. 

Quién sabe si algún día este cuerpo, esta calle, la deriva, no sean otra atadura. Tal vez, abrir, rasgar el cuerpo, deambular por las mismas calles no sean otra cosa que la intención de crear nuevos circuitos. Los circuitos que pueden escapar de los murmullos.

Silencio y quietud. Silencio y quietud para toda la médula ósea. Hasta darse cuenta de que mover un brazo y tomar agua es demasiado. Hasta mover un brazo y no pensar en lo que se quiere agarrar o tocar o golpear, sino en el brazo. Y no en el brazo sino en todo lo que arrastra el brazo.

Silencio y quietud: gastarse los ojos en las mismas calles, dársela contra los bordes de un espacio que no cede.

Y Belmondo se abre, heroico, solitario y de pie.


Portada: Corrientes y Uruguay. Horacio Coppola – Buenos Aires, 1936.
Interior: Vicios cinéticos. Micaela Albanese, París, 2020.

Sin título, Nina Myndlis, 2018

Volver a la casa de la infancia, percibir el paso del tiempo. Un amor, lejos, se seca como un fruto.


—En esta casa todos los días parecen domingos —dice papá. Se queda en silencio, como si  pensara—.¿Viste lo que les está pasando? 

—Hoy es Domingo —digo. 

—Los cuido, los miro, espero… cuando abro los membrillos están marrones, secos. 

Me acerco a la ventana y miro hacia afuera. El sol me entibia la piel y me trae el recuerdo de algún  verano. Cierro los ojos y por un instante imagino que vuelvo a sentir la belleza de otro sol como éste. 

—Podríamos juntar las partes buenas y hacer mermelada— digo. 

Hace rato que terminamos de almorzar pero seguimos los tres en el comedor. El televisor está encendido sin señal: sólo un zumbido y una llovizna gris. 

—Esto no tiene solución —dice mamá. Con el control remoto señala la pantalla. 

—Sí, hasta flores dio en primavera. Este año también me ilusioné —dice papá—. Una peste, tiene que estar apestado. 

—¿Qué clase de peste? 

—¿Cómo voy a saber, Estela? Una peste, un parásito, no tengo la menor idea. 

—Bueno, papá. Tomémoslo con calma. ¿Tanto lío por un membrillo? 

Me mira, pero no dice nada. 

—¿Hasta cuando te quedas? —me dice mamá. 

—Unos días más, no sé. 

—¿Cómo anda Julián? No nos contaste nada desde que llegaste. 

—Bien, trabajando. 

—Siempre tan ocupado. Hace mucho que no lo vemos. ¿Está bien, hija? 

—Como siempre. Trabaja. 

—Trabaja y te cuida. Lo que te cuida ese chico. Y tan gracioso… qué lástima lo de las vacaciones. 

—¿Qué pasa con las vacaciones, mamá? 

—No, que vos acá sola… que no haya podido venir. 

Miro a papá, no parece tener interés en la conversación. Busca algo con la mirada entre las fotos en la pared. Yo también busco. Ahí está. Los dos junto al arbolito. Ella está embarazada y él le pasa el brazo por los hombros. El membrillo se podría confundir con un rosal. Lo trajeron en el Citroen, me contaron. Que eran unos locos, que mirá que mandarse semejante viaje con ese auto, pero a ellos Entre Ríos les parecía cerca y la “Citroneta” no les fallaba nunca. Se los ve jóvenes, sonríen. 

—Ahí está —digo y señalo la foto. 

—Lo trajimos de Entre Ríos —dice papá y pienso que va a contar toda la historia otra vez—. En el Citroen. ¿Te acordás lo que andaba ese auto? Fue lo mejor que tuvimos. 

Me acuerdo de cuando era chica, papá manejaba, yo iba de copiloto. Avanzábamos por la huella de auto, pero no nos deteníamos al costado de la casa. Papá aceleraba y pasábamos a toda velocidad al jardín del fondo. Él daba una vuelta esquivando árboles y yo gritaba como loca con la ventanilla baja y el viento en la cara. Mamá desde la puerta del fondo nos hacía señas de que paráramos, que íbamos a arruinar el pasto, que nos iba a matar, gritaba, pero sonreía. 

Mi madre me hace una seña y va hasta la cocina. La sigo. 

—Lleva días preocupado por el árbol —dice—. Después de todo no es más que un árbol, tenemos otros —suspira—. Aunque bueno, membrillo, membrillo es el único. 

Espero, pero me doy cuenta de que no va a decir mucho más. Me quedo apoyada en la mesada, la canilla gotea. Miro las gotas fijo hasta que pierdo el foco y todo se vuelve borroso. 

De pronto, una idea me hace incorporar. Voy hasta la biblioteca. El libro está donde me acordaba, es viejo y algunas hojas están sueltas. “Enciclopedia de Jardinería” dice en la tapa. Reviso el índice: “Frutales: página 78”. Veo que hay poco más de una página dedicada al membrillo. “Entre los antiguos griegos se ofrecía en las bodas, un rito que llegó de oriente con el culto a  Afrodita…”. Leo entre líneas hasta encontrar lo que busco: “Podredumbre del fruto: Es un parásito y se propaga rápidamente. Proceder a eliminar las partes infectadas y realizar las curaciones. Si el estadío es avanzado, no hay cura posible” 

Vuelvo al comedor y me siento a seguir leyendo. Ellos no me preguntan por el libro. Leo los métodos de cura sugeridos: “Utilice una masilla en pasta, a extender sobre la herida con una espátula.” Herida ¿tendrá alguna?, ¿cómo la encuentro?. Hace rato que no salgo al fondo. Antes era todo mi mundo, conocía cada árbol, cada rama para trepar. Me acostumbré a vivir sin jardín. Uno chico, para sentarse a tomar el fresco en verano, le decía a Julián, pero él no estaba convencido, decía que daba trabajo. Cuando tengamos hijos, decía yo, para que jueguen, pero no parecía interesarle. Si vivió siempre en departamento, el que nunca tuvo no sabe. Me encojo de hombros. Me siento incapaz de detenerme. Leo todas las curas posibles, nada esperanzador. ¿Que hora será? ¿las 4, las 5? 

—Creo que puede ser algo pasajero —digo—. Acá dice que solo es cuestión de esperar. —¿Entonces se cura? —pregunta papá—. Parece, si. 

—¿Por qué no pones la pava, hija? —me dice. 

Voy a la cocina y pongo la pava al fuego. Desde donde estoy puedo ver el jardín a través de la 

ventana. El pasto crecido, la hilera de pinos junto a la medianera y algo más lejos, el membrillo. 

Algunos frutos cuelgan de las ramas y otros están en el suelo. Es otoño, pero desde la ventana, el jardín despide un frío invernal.  Llevo el mate al comedor, y lo acomodo sobre la mesa. 

—¿Cuánto crees que falte? —me pregunta. No sé qué responder. 

—Por ahí esta temporada —dice—. Esta misma temporada, eso sería lindo. 

—Sí, papá —le acercó un mate. 

Digo que subo a ducharme pero no es cierto. Recorro lento los escalones de madera hasta llegar a mi pieza. A la que era mi pieza. Excepto el acolchado, está todo igual a cuando vivía ahí. Me miro en el espejo y me siento otra. Voy hasta la cama, me descalzo y me acuesto de espaldas. Pienso en la última vez que vi a Julián. Hace solo dos semanas de todo eso… por ahí ya hace tres. Me quedo dormida. Cuando bajo no encuentro a mis padres en el comedor. Miro por la ventana que da al fondo, me cuesta acostumbrar los ojos a la claridad de la tarde. Los veo sentados juntos en un banco, desde donde están se puede ver todo el jardín. Los últimos rayos de sol les dan en la cara. Me quedo ahí parada hasta sentir el frío en mis dedos tiesos. Están apoyados con fuerza en el vidrio, en un intento inútil de atrapar lo imposible.


Imágenes: Sin título, Nina Myndlis, 2018