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abril 2021

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En El libro de los caballitos, Valeria Meiller escribe como una costurera y una pianista. Con cada cuerda que golpea, con cada vibración, hace reverberar sonidos, imágenes, formas que, al desplegarse, revelan la marca que dejan los dobleces, las puntadas sin hilo, las cicatrices.


Perché bramo Dio?
Giuseppe Ungaretti

El libro de los caballitos
Valeria Meiller
Caleta Olivia
Contratapa de Virginia Cosin


En este poema no hay caballos.
Una noche abrieron los establos,
dejaron que partieran
hacia el negro de la noche —que después
sería mañana, mediodía.
Corrieron desbocados. Alguien dijo:
‘La vi. Era mi yegua zaina
iba más oscura que la noche, más oscura
que las pinturas negras. No se parecía a nada,
ni siquiera al horror de Saturno
devorando a su propio hijo. 
Una mitología diferente
la animaba: una resonancia
siniestra, planetaria.’
Hasta que en un momento,
la distancia del paisaje
a pesar de la llanura asfixiante de la pampa
cedió para que en su galope
los animales desaparecieran.
En este poema no hay caballos.
Una noche abrieron los establos, 
dejaron que partieran
hacia la noche —hasta llegar
a un río o a una fosa, donde bebieron y bebieron
agua negra. Una mujer los vio
pasar casi de madrugada contó que iban
más oscuros que la tormenta dejando un surco
por la mitad del campo. 
‘Araban como una espada,
destruyendo lo mejor de la tierra 
—como un buque de guerra,
iban hacia la muerte, 
derechos, con un silencio
de tumba, con el terror de los monasterios.’
En este poema no hay caballos.
Una noche abrieron los establos, dejaron que partieran
lavados por una luna ausente
en la oscuridad de la hora anterior 
al alba, por el aire de un mundo
fundido en escarcha. Ni un solo pájaro
cantó, los coronó el silencio
negro de la noche. 
Mi padre preguntó si allí podía 
ocultarse algo, alguien, 
mucho menos la muerte:
‘¿Dónde guarda la pampa interminable
la tumba de mi hijo?’ Ni un solo relincho.
El campo siguió drenando 
su cerrazón sobre las cosas.
Ningún páramo, ningún valle.
Solo la tropilla ennegrecida
bebiendo y bebiendo agua negra.
En este poema no hay caballos.
Una noche abrieron los establos, dejaron que partieran
hacia el negro de la noche —mi padre los vio
en un sueño años después: ‘Volvían’, dijo.
Eso fue todo y era tal la calma
que nos oíamos respirar y sentíamos miedo.
Después, pensamos en mi hermano
que duerme en la tierra acurrucado
por el sufrimiento de los otros
y nosotros también nos perdimos por su pozo
—vimos de nuevo partir a los caballos. 
Nos pusimos de rodillas y junto al río
bebimos como un animal 
nos volvimos sombríos 
al entusiasmo de la vida.
Nos detuvimos frente a la muerte y recordamos 
otra vez que los caballos partieron, 
que sus cabezas
apuntaban hacia la eternidad.


PORTADA:
Sofia Quirno, I can live vicariously through you, 2020, óleo sobre tela (detalle)

Virginia Cosin
Ilustración: Luisa Lerman

Como casi todo lo que hago en mi vida, tanto la escritura como el “tallerismo”, se me presentaron sin que yo (sí: yo) tomara la decisión de dedicarme a nada. De alguna forma puedo decir que fueron imposiciones fortuitas más que el resultado de mi propia voluntad. Todo sucedió de forma bastante azarosa. Escribir escribí siempre, pero no sabía que eso que hacía -anotar frasecitas sueltas en cuadernos, empezar cuentos que quedaban sin terminar, copiar citas de libros, tomar apuntes sobre las películas que veía y cuyas imágenes permanecían en mi cabeza durante días, meses, una vez que el proyector se apagaba en la sala de cine- era escribir. La verdad es que durante una buena parte de mi vida ya adulta, ese tiempo en el que se supone que una tiene que decidir qué va a estudiar, qué quiere “ser” (horror de horrores, el imperativo de “ser”), estuve perdida como un explorador en medio del desierto al que le quedan pocos víveres, sin refugio a la vista, pero con un mapa en el bolsillo. Un mapa que no sabía que tenía, un mapa que ni siquiera era un mapa. 

Siempre me pregunto qué quieren de mí cuando llegan a mi casilla de correo consultas sobre los talleres literarios y el mail viene encabezado por el siguiente enunciado: “quiero escribir”.  En esa expresión de deseo se cifra una contradicción, pienso. Si esta persona quiere escribir, ¿cómo puede ser que necesite hacer un taller para poner en práctica ese anhelo? ¿Por qué no escriben, y ya? Pero después yo misma me encuentro muchas veces “queriendo escribir” y no encontrando la fuerza, el tema o los motivos, bajando los brazos apenas me siento frente a la computadora cuando, creyendo que mi cabeza es un hervidero de ideas, imágenes y escenas, las palabras demoran en aparecer. Y si aparecen son cosas chatas, que no significan nada o no tienen nada de extraordinario. 

¿Desde dónde se parte, entonces? 

No lo sé pero, de todas formas, parto. Parto de supuestos, intenciones, tensiones, impresiones: un punto circunstancial. Podría elegir cualquier otro, hay muchos comienzos posibles, no  termino de decidirme, pero aún indecisa, circuncisa (incompleta), parto. La elección es arbitraria, casual, conveniente (en el sentido de que no hay otra lógica o criterio aparte del que conviene, resulta). El punto de partida es ese donde se produce el cruce de varias vías. Las del interés, la sorpresa, el asalto de imágenes, palabras, un tono, un clima, una memoria, un deseo. 

Porque desde ahí se parte: partida, tironeada, desgarrada. Y en ese partir hay, sin embargo, aunque se esté herida, una fuerza bestial. Como la del hombre lobo mutando su complexión humana bajo los poderes sobrenaturales de la luna llena, o la del vampiro hincando sus colmillos en la vena que late, azul, bajo la piel blanca y sedosa de una hermosa dama. Se bebe con sed y después se vuelve en sí. Y al volver en sí sobreviene el asombro. 

En esto creo: creo en el deseo y también en lo escurridizo del deseo. Creo en empezar y dejar, en volver a empezar y tachar, en romper, tirar y empezar otra vez. Creo en lo que no está a la vista. En lo que nos es propio, nos constituye, hace de nosotros quienes somos, pero que, a la vez, se nos sustrae. En eso que Giorgio Agamben llama el Genius.

¿Qué es, entonces, la famosa página en blanco? ¿Estamos realmente frente a la nada, el vacío? ¿Es un territorio virgen, puro, la página en blanco?

Alejandro Zambra en su libro No leer lo dice así: “Hace ya algunos años mi amigo Andrés Anwandter me dijo que el asunto de la página en blanco le parecía absurdo. Para mí la página está siempre enteramente escrita: lo que yo hago es borrar en la página negra, dijo, medio inspirado por las cervezas. Desde entonces pienso que escribir es sacar y no agregar. Escritor es el que borra: cortar, podar, encontrar una forma que ya estaba ahí. Por eso me gusta tanto este verso de Gonzalo Millán: «El dolor se talla y se detalla»”.

Como a Zambra, como a Anwandater, me gusta revisar, poner en duda esta idea de que frente a la página en blanco se está ante el vacío, la nada. No es desde la carencia desde donde se empieza, sino, por el contrario, desde una multiplicidad de saberes adquiridos, recibidos a través de la historia, la cultura, nuestra experiencia individual, nuestras lecturas previas, los criterios sobre la literatura, el lenguaje, la escritura, las obras que vimos, los cuentos que nos contaron, las charlas con amigos, los mails que mandamos y nos mandaron, nuestros fantasmas, todo lo que olvidamos, lo que no sabemos que sabemos, lo que permanece oculto para nuestra conciencia pero habla, todo aquello que nos habla, todo eso por lo que somos hablados -no esas cosas de lo que queremos hablar, sino las que nos atraviesan- capas y capas superpuestas de ideas, sensaciones, experiencias, recuerdos, expectativas.

No por nada el desierto “inconmensurablemente abierto” en palabras de Esteban Echeverría, es uno de los paisajes más transitados -como territorio y como metáfora- en la literatura, empezando por las antiguas escrituras. En el origen de nuestra cultura está el éxodo, la búsqueda de la libertad en dirección a una tierra prometida (e inalcanzable), el tránsito y la errancia por el desierto está sembrado de dificultades: la sed, las visiones, el calor abrasante, las bestias, el frío helado de la noche, la intemperie, la pérdida de sentido, de orientación. Emprender un camino hacia la escritura de un texto -como dice Diana Sperling- es muy parecido a atravesar un desierto. 

Edmond Jabés (El Cairo, 1912 – París, 1991) fue un escritor y poeta francés. De origen egipcio y familia judía, es autor del magnífico texto El libro de las preguntas y de El libro de los márgenes, una obra imposible de clasificar, entre el ensayo filosófico y la poesía, donde el desierto y la página en blanco son, a su vez, una metáfora de la existencia y de lo que toda existencia supone: el exilio. 

Escribe Jabés en El libro de los márgenes II: “Grande es el margen entre carta blanca y hoja en blanco. No es, sin embargo, en este margen donde podrías encontrarme, sino en el todavía más blanco que separa el pliego estrellado del pliego transparente; la página escrita de la página por escribir: en este espacio infinito, por tanto, donde la mirada nos devuelve a la mirada y la mano a la pluma; donde todo lo que se escribe se borra en su escritura misma; el libro insensiblemente haciéndose en el libro que nunca se acabará. Este es mi desierto.”

El desierto también va a ocupar un lugar central y sangriento en la literatura y en la historia argentina. Porque en nuestra historia el desierto no es ese lugar silencioso e inhabitado, sino un lugar habitado por un otro al que se considera desierto. Dice Beatriz Sarlo: El Otro pensado como vacío. 

La hoja en blanco es un lugar que se puede pensar como aquel en el que no hay nada escrito o, por el contrario, un lugar en el que todo ya ha sido escrito. No hay otro modo de empezar, cuando aguijonea el deseo, que no sea empezando. Montar a la bestia y galopar a su ritmo, atravesar la selva, el laberinto, el desierto.