Autor

Marina do Pico

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Nació el 27 de julio de 1995. Es diplomada en Lengua Inglesa por la UNSAM (2018) y licenciada en Artes de la Escritura por la UNA (2021). Escribió para diversos medios: Revista Amazonas, El grito del sur, Revista Sophia, L'Officiel. En 2018, su proyecto de novela quedó seleccionado en la Convocatoria Clínica Final de Obra Sub 30 (Novela), organizada por el Gobierno de la Provincia de Buenos Aires.
Fotografía por Mauricio do Pico

Marina do Pico reseña Arroyo (Editorial Marciana, 2021), de Susana Pampín.


A bendecir la vida, no a escribirla

María Negroni

Arroyo - Susana Pampín - Comprar en La Libre
Arroyo
Susana Pampín
Editorial Marciana
2021
248 páginas

Escrito a lo largo de más de quince años, Arroyo (2021), el último libro de Editorial Marciana, fue en realidad el primero. Susana Pampin leyó unas páginas en la presentación de una revista en 2016 y entre el público estaba Denis Fernández, gestor de una incipiente editorial que aún no tenía ni logo. Denis se conmovió con el material y le propuso publicarlo “pero alargándolo un poco”, cuenta Pampín en los agradecimientos. En los seis años que transcurrieron, Marciana publicó doce títulos y Pampín fue ensanchando y encauzando su Arroyo.

Pampin ensaya la escritura como se ensaya una obra de teatro, va probando cada escenario, revisitando los mismos lugares y las mismas emociones que se encienden cuando ella las habita. Sus décadas de experiencia como actriz brillan en la prosa de esta primera novela sensorial, voluptuosa. Entre 2003 y 2019, la autora retorna al mismo río que la volcó hacia la escritura y el texto se bifurca como el lugar que lo inspiró. En el Delta de Pampín, cambian las caras, las casas, los perros, pero detrás de ese paisaje late algo que ella vuelve a buscar. La historia de la composición de Arroyo es fiel a su esencia: sumergida en la lentitud sibarítica de la isla, Gaby, la narradora del libro, se toma su tiempo para contar una historia, para succionar todo el jugo de la naranja. ¿Para qué tener apuro “si el verano recién empieza”?

El diario de las visitas a ese otro espacio que es el Delta se convierte en un documento del deseo: Gaby encuentra lo que busca en cada crecida, cada corte de luz, cada mate compartido en el muelle, cada tarde que se deshace en lecturas de Juanele, un par de zambullidas, acariciar un perro. Pero no es un retrato romántico de la isla: esa calma hay que sostenerla; esa vida esencial, despojada, implica también una precariedad. La basura se entierra cavando un pozo, la comida se raciona, los bichos clavan su aguijón y hay que ponerse “limón, ajo, albahaca, toda una ensalada”. 

Sin las comodidades adormecedoras de la vida urbana, la isla se vuelve un exceso sensorial. Todo es visual, auditivo, olfativo, concreto. Un lugar lleno de estímulos que son aún más punzantes cuando se está sola, como Gaby en su primera visita. Con esa conciencia agudizada, Gaby mira y nombra los manteles kitsch en las casas que alquila, los pájaros, cada pintoresco pedazo de isla. El agua potable no brota inadvertida de las canillas, no es una factura que se paga a fin de mes, sino “gigantes racimos de botellones celestes atados a la borda de las plataformas de la terminal”. Todo es novedad y todo merece ser contado. ¿Con qué fin? “¿Sigo viniendo acá en busca de qué?” escribe Gaby. Esa es la pregunta que aguijonea a la autora hasta que, como una abeja que vuela a otra parte, deja de ser relevante. El texto con su devenir parece arriesgar: de nada y de todo. La escritura ya no es el registro de la vida sino la manera de vivir. 

La voz de una isleña, Sandra, empieza a filtrarse en los textos, que funcionan con una única lógica: la deriva. Y el azar nunca es didáctico, en todo caso es una experiencia. El Delta y su gente no “enseñan” nada, las voces de los isleños se superponen como un coro salvaje, el río es “puro espejo blando para que descansen los árboles”, las lanchas tienen un reloj propio e impredecible, las bajadas y crecidas engañan a la percepción. A veces, meterse en el río se siente como “bañarse con la muerte”, la nafta, el aceite del protector solar, las moléculas de algún animalito muerto que rozan la piel. Como escribe Pampín con lucidez: “acá los intereses parecen estar más cerca del cuerpo”.

Gaby se arroja a la soledad de la isla como un paraíso extraño e irresistible. Un lugar donde vivir y mirar distinto. La ciudad aparece en forma de trámites que hay que hacer, mensajes que responder, noticias. Rompe el trance y va marcando el pulso del tiempo: sueños con Juan Darthes y los escraches, la victoria de Alberto Fernández. Todo lo trae la corriente. El río crece y puede traer basura, o el sonido místico de dos botellas de vidrio chocándose entre sí. En ese vaivén de una vida y un texto, se esconde un homenaje conmovedor: Rosario Bléfari, a quién el libro está dedicado, aparece como personaje que ilumina los días de Gaby con sus canciones, sus charlas, su aliento. La muerte entre actos -Bléfari falleció en julio de 2020, un año antes de la salida del libro- no está escrita, pero ese mutismo habla también del duelo: Pampín prefiere quedarse con la música. Seguir remontando río arriba, en un barco que en la proa lleva el nombre de su nombre.

¿Y no es eso lo que la escritura hace para ella? Gaby ensaya una respuesta: “Escribo, para qué tanta palabra, para enterarme a mí misma de lo que hago”. Acercarse remando al lugar donde suenan las botellas y mojarse el dedo para saber de qué lado viene el viento.


Fotografías del libro por Mauricio do Pico

Marina do Pico
Ilustración: Luisa Lerman

“La conmovedora despedida de Rachel Carson a su querida amiga y amada”. “Las controvertidas cartas de amor de Eleanor Roosevelt a Lorena Hickok”. Un artículo me lleva a otro: abro las cartas y las leo como si fuesen para mí. Sus destinatarias son mujeres prohibidas que ahora están muertas y más allá del escándalo. Las correspondencias sobrevivientes son como bolas de cristal, pequeños mundos privados hechos espectáculo.  Así leo las declaraciones de amor y confesiones que hacen dos mujeres a solas, susurros transcritos en letra imprenta. 

El amor en esas cartas es auténticamente platónico: un impulso que lleva a intentar conocer y contemplar la belleza. En una de sus cartas, Rachel Carson adjunta un verso de Keats: “A thing of beauty is a joy forever”. Como bióloga, Carson estaba más que familiarizada con la finitud de la vida, pero el vínculo que construyó con su amiga Dorothy a través de las cartas la sobrevive. El amor se oxida o se extingue, pero las historias de amor no. En sus cartas, Rachel y Dorothy todavía están inclinadas sobre un libro en medio de los pastizales, intercambiando una mirada cómplice en blanco y negro. 

Su primer encuentro fue a través de la escritura. Rachel ya era una autora famosa cuando recibió una carta de una ama de casa del pueblo al que acaba de mudarse. Dorothy quería darle la bienvenida a la pequeña comunidad costera y expresar su admiración por el trabajo de Carson. Esa primera carta desencadenó una amistad y una correspondencia romántica. Incluso después de conocerse en persona, Rachel y Dorothy continuaron su relación mayormente a través de las cartas. ¿La escritura dice algo que no podría ser dicho de otro modo? “Esta es una posdata de nuestra mañana en Newagen, algo que creo que puedo escribir mejor que decir”, escribiría Carson.

Eleanor Roosevelt le escribe a su amada Lorena Hickok: “Es curioso que no pude decir je t’aime y je t’adore como deseaba hacerlo, pero recuerda siempre que lo estoy diciendo, que me voy a dormir pensando en ti”. La Primera Dama de los Estados Unidos no podía exponerse a la controversia de hacer pública esa relación. Lo mismo le sucede a Emily Dickinson con Susan Huntington Gilbert Dickinson, su cuñada, con quien mantuvo una correspondencia romántica por más de cuarenta años.

La escritura y, en particular, la escritura de cartas, se convierte en un soporte para estos vínculos inclasificables que se hallan en algún lugar entre la amistad y el amor romántico. No tiene sentido reducirlos a una cosa o la otra, forzar una taxonomía como si esas formas del amor fueran especies distintas y no estuvieran constantemente superponiéndose y creando híbridos. Para dar cuenta de esa complejidad, están las cartas. Como escribe Barthes, las cartas de amor están “cargadas de ganas de significar el deseo”. Las amantes se descubren en la escritura. Anne Carson, en su maravilloso estudio sobre el deseo, Eros el dulce-amargo, sostiene que “las cartas proyectan lo ideal sobre la pantalla de lo real. Desde el interior de las cartas, Eros actúa”. En el mismo acto de traer una ausencia, se inscribe el deseo: el reemplazo de la acción erótica por el ardor del lenguaje. Llenas de anhelo y sentido, las cartas expresan su propio poder de, como dice Anne Carson, “cambiar eróticamente la realidad”.

La privacidad que permite la escritura es casi una condición de existencia para estos vínculos, que no tienen lugar en la esfera pública. Tanto Dorothy como Eleanor y Susan estaban casadas con hombres. La naturaleza erótica de sus relaciones debía ser cuidadosamente salvaguardada. Rachel Carson da cuenta de esta imposibilidad de trasladar el grado de intimidad que les otorga la escritura a sus encuentros en persona:

“Cuando pienso en las muchas despedidas que han marcado la (casi) década de nuestra amistad, me doy cuenta de que casi han sido inarticuladas. Recuerdo principalmente la gran afluencia de pensamientos que de alguna manera no se expresaron con palabras: los silencios cargados de cosas no dichas. Pero entonces, sabíamos o esperábamos, siempre había otra oportunidad, y siempre las cartas para llenar los vacíos”.

Las cartas vienen a llenar una ausencia, a saldar una imposibilidad: la de decirse en público. Pero la privacidad de la carta depende de que efectivamente sea leída en soledad. Dorothy compartía con su marido las cartas que se escribía con Rachel para que él pudiera “entender mejor la naturaleza de su relación”. En ocasiones incluso producía dos versiones de la misma carta, una de ellas depurada de los términos más afectivos y apta para mostrar. Emily Dickinson era más celosa de su privacidad, y sus cartas estaban plagadas de sospecha y paranoia: “Cuando miro a mi alrededor y me encuentro sola, vuelvo a suspirar por ti”, “Ahora, adiós, Susie… le añado un beso, tímidamente, ¡no sea que haya alguien ahí! No los dejes ver, Susie”. 

En su historia de la lectura, Martin Lyons dice que “los retratos de la mujer lectora tienden a convertirse en retratos de individuos solitarios”. En cambio, la lectura en voz alta era una práctica más común de la sociedad masculina reunida en la taberna o el taller. Puede que la mujer lectora sea, como dice Lyons, “una pionera de las modernas nociones de privacidad e intimidad”, pero, más que eso, es notable lo que habilita esa privacidad: la conspiración íntima entre escritoras y lectoras, un lugar lejos de la vigilancia del orden patriarcal. En el poema 636, Emily Dickinson ilustra este “lugar distante” desde donde se lee la carta: “La manera en que leo una carta es esta: / primero, cierro la puerta, / y la toco con los dedos, luego, / para de su presencia asegurarme, / y entonces me voy al lugar más distante / para resistir a los llamados / y extraigo mi pequeña carta / y lentamente fuerzo su cerradura”. La escritura de cartas es un túnel secreto, un pasillo estrecho donde solo entran dos que aman. Para la historia de amor, la foto en blanco y negro: los espectadores estamos después.

Fotografía por Viviana Prado

Marina do Pico reseña Tundra (Chai Editora, 2020), de Abi Andrews.


ANDREWS, ABI - Tundra - Comprar en Banana Libros
Tundra
Abi Andrews
Chai Editora
Trad. Virginia Higa
2020
360 páginas

“Si irse a la naturaleza es un retiro de las limitaciones y opresiones de la sociedad, entonces ¿no deberían hacerlo todos excepto los hombres blancos heterosexuales?”. Las preguntas en Tundra (2020) suelen ser así: incisivas, flechas de indignación guardadas y ansiosas por dispararse. En su libro debut, Abi Andrews crea a Erin, un  personaje que condensa el enojo y la incertidumbre de la generación que recibió un mundo devastado por crisis ambientales; un mundo casi sin “tierra salvaje”, en el que el “viaje de aventuras” no tiene lugar. A sus diecinueve años, Erin decide viajar sola desde un pequeño pueblo británico hasta Alaska. Su travesía tiene como premisa reimaginar la romantizada historia de Chris McCandless, el chico que en los noventas se adentró en lo más salvaje de la Reserva Denali y nunca volvió. A cada paso de su viaje-homenaje, Erin formula la pregunta: ¿qué habría sido diferente si Chris hubiera sido una mujer?

Andrews trabaja con registros y materiales diversos: guiones de documental, minimonografías sobre la carrera espacial, relatos de sueños, fotos y dibujos. El resultado es un libro híbrido e indefinible: una intersección entre novela de iniciación, diario de viaje y novela de ideas, donde el discurso político tiene un lugar privilegiado. Aunque la travesía está narrada con sensibilidad y belleza, el verdadero viaje en Tundra es intelectual. La narradora de Andrews asocia temas con una potencia casi lisérgica: sueños sobre Rachel Carson y las abejas, un encuentro místico con un oso, la lucha histórica de los indígenas por recuperar sus tierras, teorías biológicas, hongos, monocultivos y bombas. 

A partir de esta heterogeneidad de registros, Andrews aborda las preguntas centrales de Tundra: ¿cómo “adentrarse en lo salvaje” sin reproducir la lógica patriarcal de dominación y violencia sobre la naturaleza? ¿Cómo ser un Hombre de Montaña sin ser un Hombre de Montaña? ¿Cómo se construye una alternativa sin referencias? ¿Realmente no hay referencias? La protagonista de Andrews encarna una búsqueda que no tiene un lugar de llegada ni una resolución clara. A Erin no le interesa motivar a otras chicas a que empaquen sus copitas menstruales y se vayan al norte. Cuestiona la cultura de viajes, cuestiona a sus propios ídolos -que van desde Henry David Thoreau hasta al Unabomber-, cuestiona al patriarcado, la sacralidad de la ciencia. No se siente intimidada por la complejidad de los temas que abarca. Erin es un personaje auténticamente adolescente: llena de convicción, errores fácticos y malas lecturas de Darwin o el ecofeminismo de los noventas. 

En una entrevista, Andrews dice que su protagonista es: “una joven que está aprendiendo sobre el mundo, empezando a definir cómo lo ve y cómo va a ocupar su lugar en él, y el texto es esencialmente su diario íntimo” El efecto está más que logrado: leer Tundra efectivamente se siente como leer el diario de una adolescente furiosa con el mundo.

El contraste entre los momentos más introspectivos y el relato del viaje hace aflorar las contradicciones. Mientras que ideológicamente Erin busca reivindicar los valores de lo femenino y lo colectivo, en la práctica es individualista y está siempre imitando las hazañas de los hombres viajeros. En la historia existen numerosos ejemplos de mujeres viajeras, pero estas paradójicamente escasean en el imaginario de Erin. Está tan obsesionada con la dominación masculina que termina reproduciendola. Hacia el final de la novela, escribe: “He estado copiando a otros, y todo mi viaje ha sido un acatamiento de normas. Puedo corcovear igual de bien que cualquier hombre, pero ahora lo entiendo mejor: ¿por qué querría yo ser como ellos?”. Erin admite y habita estas contradicciones, entiende que su ambición de “romper” con un orden establecido está tan llena de vanidad y auto-importancia como la que le adjudica a los Hombres de Montaña. En esa admisión, en ese vacío de respuestas se abre una gran potencialidad, un cambio de enfoque tan sutil que parece volver al mismo lugar: quizás amar y conocer el mundo sea más importante que cambiarlo.


Fotografías del libro por Viviana Prado

Marina do Pico
Ilustración: Luisa Lerman

Me atrapó primero el arpegio, después la letra: “hay una mantis religiosa / pavoneándose en tu bañera / y podrías jurar que es un cura / de otra vida que vino a buscarte”. La canción se llama “The Bug Collector” y describe a una mujer que imagina que todo es una señal o un mal augurio, que los insectos que encuentra en su bañadera o en su cama vienen a hacerle daño. Quizás otra persona los mataría, pero ella no: ella los colecciona. 

Pedazos de corteza, abejas muertas, una hoja dorada, un hueso, la carcasa vacía de un escarabajo. Para el horror de mis padres y mis maestros del colegio, de niña me la pasaba obsequiando estos “tesoritos” que en el mejor de los casos eran basura y, en el peor, algo macabro. Cuando no los regalaba, los guardaba en frascos y cofres. Era muy chica para elaborar teorías como que los insectos eran curas de otra vida que venían a buscarme, pero mi afán de coleccionarlos estaba teñido de una superstición que todavía hoy me resulta incomprensible. 

A los dieciséis, como resabio de ese hábito, empecé a escribir un obituario con una constancia casi religiosa. Ahí volcaba las muertes de todos los insectos y seres vivos que me encontraba o mataba sin querer, como una hormiga o un caracol. Anotaba la fecha y les dedicaba un texto, a veces también los dibujaba. Era una actividad que calmaba mi ansiedad y mi culpa. 

Antes de volcar palabras al papel, Emily Dickinson volcaba flores. Las clasificaba con el rigor de una botánica y las disponía con el ojo de una artista. Su herbario es un oasis de belleza construido con una precisión dolorosa. Esa colección de flores que puede ser leída como un poema me fascinó desde que supe de su existencia. La primera página condensa los paroxismos de los que estarían hechos su escritura: un jazmín exótico y un simple ligustro. 

Pero el herbario de Dickinson me fascinó no sólo por las flores que elegía, sino por su impulso de apresarlas: todo lo que esas flores contenían para ella. Esa es una historia que cuenta su escritura. Casi un tercio de los poemas de Dickinson contienen metáforas relacionadas con las flores y el mundo natural. Solía enviar sus cartas con flores disecadas. El hábito estaba lejos de ser decorativo. A veces iban como un buen augurio, como tótem de la buena suerte o como un hechizo. Sea cual fuere el fin, esas flores estaban cargadas de sentido, de magia y superstición: “Me escondo en mi flor / para que, desvaneciéndose en tu florero / tú, sin sospecharlo, sientas por mí / casi una soledad”.

Aunque la poesía de Emily Dickinson da cuenta de su vitalidad y pasión por la vida, también es cierto que la poeta vivió asediada por fobias, neurosis, frustraciones amorosas y brotes de enfermedad mental. “Trabajo en mi prisión y soy huésped de mí misma”, escribió en una carta.

Por eso el herbario de Dickinson me hace pensar en la mujer de esa canción, que colecciona insectos “para probar que nada viene a buscarla”. Como si nuestras ansiedades y amenazas imaginarias necesitaran un lugar donde anclarse. El acto de coleccionar como un antídoto para la neurosis. Un hechizo, una forma de rezo secular, aunque nadie esté escuchando. 

Para traer la primavera, Perséfone tenía que pasar una temporada en el Mundo de los Muertos. Volvía a recoger flores, aunque sabía que esa oscuridad siempre vendría a llevarsela. Quizás el impulso de coleccionar flores o insectos tenga esa contracara: preservar algo para la posteridad, controlarlo, conservarlo, hacerlo inmune al paso del tiempo, para olvidar todo lo que está fuera de nuestro control. 

Emily escribe: “Pero ahora, ignorante de la longitud / del ala incierta del tiempo / me aguijonea, como la abeja imaginaria / que no afirmará la gravedad / de su picadura”. Al final nunca sabemos qué es lo que va a venir a buscarnos, ni a dónde nos va a llevar. Pero, como dijo Voltaire, para que la vida sea más tolerable, hay que cultivar nuestro jardín.

Fotografía de Nicole Arcuschin.

Un hilván de textos. Biografía, auto-biografía, especie de pesquisa musical.


A la noche cuando volví del trabajo, herida, había cambiado la luna. Él entendió. Escuchó mis lágrimas hasta el amanecer.

Descubrí a tres cantautoras perdidas. Vinieron una detrás de la otra, se desplegaron como un viejo papiro: algo antiguo que se extendía hasta el principio de los tiempos.

“Que ella tiene una vida secreta”. Pero, ¿es secreta esa vida? Ahora las tres danzan juntas en mi mente, no son un enigma: son un sonido, una voz polifónica y divina. Son algo adorable y triste como un atardecer. 

I

Molly Drake nació el 5 de noviembre de 1915 en Gales. Según Wikipedia, es una música y poeta mejor conocida como “la madre de Nick Drake”. Varios sitios web reproducen esta idea. Molly es solo una pieza que completa el rompecabezas de su hijo. “El eslabón perdido en la historia de Nick Drake”. Pero yo no creo que sea eso. Para mí, Molly es otro rompecabezas. Todavía más difícil de armar. Si Nick tenía un talento singular, en algo era como el resto de nosotros: buscaba reconocimiento. A Molly eso jamás le interesó, no tenía esa pulsión. Su mundo artístico era tan precioso como privado. Dejó que los demás ocuparan el espacio público. Ella lo rechazó.

Molly murió el 4 de junio de 1993. En su tumba inscribieron parte de una letra de su hijo: “And now we rise, and we are everywhere”.

Junio es más frío desde que sé que Molly murió este mes.

* * *

Ahora Molly tiene un perfil en Bandcamp. El arte de tapa del vinilo reproduce una taza de té que contiene un paisaje con sauces. Del té brotan estrellas. Al lado, en una tipografía elegante, está grabado un poema suyo: “En medio de la ronda incesante de principios y ráfagas / Mi corazón se ocupa de su juego habitual / La manufacturación de preocupaciones y penas / No vaya a ser que la vida serena parezca tan mansa”.

Revolver el mundo como se revuelve una taza de té. Eso hizo Molly.

II

Squirrel Thing Recordings es la discográfica que produjo el disco póstumo de Molly. Se llama así por Connie Converse, una cantautora norteamericana que desapareció en 1974. Sus grabaciones fueron encontradas décadas más tarde y así nació el proyecto: un trabajo arqueológico. Resultaron las primeras grabaciones que se conocen del género cantautor. Bob Dylan no tenía dos pelos de barba en ese momento. Connie nació como Elizabeth Converse el 3 de agosto de 1924 en New Hampshire. Hija de un reverendo abolicionista cuyo objetivo era que todo Estados Unidos fuera abstemia, Connie fue una alcohólica con un gran conocimiento de la Biblia. 

Está desaparecida desde hace 44 años, 10 meses y 26 días.

Después de diez años, en 1984, su familia contrató a un investigador privado. Este se negó al trabajo. Dijo que Connie tenía derecho a desaparecer.

Converse era extremadamente privada. Se cree que nunca tuvo una relación romántica con nadie. Escribió: “La humanidad me asombra y me llena de tristeza y alegría, simplemente no puedo encontrar mi lugar en ella”.

III

Sibylle Baier nació el 25 de febrero de 1955 en Alemania. A diferencia de Connie y Molly, que hoy tendrían 94 y 103 años respectivamente, Sibylle es toda una jovenzuela: tiene 64 años y vive en Estados Unidos con su familia, aunque se sabe todavía menos sobre su vida. Fue su hijo el que decidió recopilar las grabaciones que ella había hecho de manera casera en los años setenta y lanzarlas como un disco en 2006. Sibylle se siente, en palabras de su hijo, “halagada” por la recepción del disco, pero la atención del público la abruma y prefiere conocerla a través de su familia y amigos. Dio una sola entrevista sobre la que un bloguero escribió: “No se sabe muy bien por qué, pero en su adolescencia, con tan solo 16 años, cayó en una fuerte depresión y estuvo meses sin salir de la cama”. Me resulta adorable el “no se sabe muy bien por qué”, como si tuviera que haber una razón.

Una amiga de Sibylle la llevó a la montaña para que olvidara su depresión. Funcionó. Sibylle escribió una canción sobre lo hermoso que es olvidar. 

Cuando tenía 17 años, mi padre también me llevó a la montaña para que olvidara. Supongo que es una tradición antigua. Go tell it to the mountain. Cuando me bajé de la montaña, escribí treinta canciones. Grabé solo algunas. El resto quedan entre nosotras: la montaña y yo.

Es Connie la que canta: “Entre dos altas montañas / Hay un lugar al que llaman soledad / No veo por qué lo llaman así / Yo nunca me siento sola allí”.

* * *

¿Qué es una cantautora? Algunos hablan de un arte femenino. Hay algo de la lengua de la madre en la sintaxis quebrada de Sybille, que canta en una lengua extranjera. Dicen que las mujeres siempre hablamos en una lengua extranjera. El encuentro entre música y poesía: ni una cosa ni la otra. Una cantautora es una paradoja: un lenguaje indefinido, lleno de elocuencia.

Diálogo póstumo

Connie: He considerado a los lirios. Nunca sienten frío, cansancio o tonterías. Y no necesitan mucho espacio. Dime cómo ser un lirio, si lo sabes.
Sybille: Me siento fuerte. La respuesta que dio simplemente fue: te enseñaré donde crecen los lirios.
Connie: Voy a ir con el sauce y enseñarle a llorar.
Molly: Yo me acuerdo de los sauces, me acuerdo de los sauces, me acuerdo de los sauces. Él, de los mosquitos.
Sybille: Y cuando me pide “mujer, no estés triste”, me hace llorar. No sé por qué, no sé por qué.
Connie: Como la vida, como una sonrisa, como la caída de una hoja. Qué triste, qué adorable, qué breve.
Molly: La felicidad es como una mariposa en una mañana de abril, asustándose enseguida. La felicidad va y viene sin advertencia. La voy a perseguir por los prados, la voy a perseguir por las colinas.
Sybille: Perdí algo en las colinas. El origen de todos mis fuertes y extraños humores.


Fotografías de Nicole Arcuschin.

Fotografía por Rocío Fuhr

Eric Schierloh (La Plata, 1981) es muchas cosas: escritor, traductor, editor, tallerista, creador de la editorial Barba de Abejas. Sin embargo, entiende todos sus roles como ramificaciones de un mismo árbol: la escritura. De ese quehacer multifacético salen libros tan disímiles como las novelas Formas de humo (2006), Kilgore (2010), Donde termina el desierto (2012) y La mera tierra (2017); y los libros de poemas Costamarina (2012), Frío en las regiones equinocciales (2014), Los cueros (2014), Por el camino de tierra (2017) y Cuaderno de ornitología (2018) —antología de poemas y traducciones sobre pájaros publicada por Caleta Olivia.

Coordinar la entrevista tomó meses: Eric siempre está viajando a alguna feria o evento. Finalmente, quedamos en pasarlo a buscar por la UNA, la facultad donde enseña en la cátedra Taller de Poesía II, y manejar hasta su casa en City Bell. En el trayecto charlamos sobre el paisaje, la ruta; el santuario de Rodrigo que está en plena autopista deriva en una conversación sobre la misoginia en el arte. Empiezan a aparecer los campos de plantas silvestres al costado de la ruta y ya estamos cerca. Con las indicaciones de Eric, desembocamos en un barrio tranquilo de calles angostas y muchos árboles. Eric señala: “Es esa casa, la de la catalpa en flor”. Rocío, que maneja, se pasa unos metros. “Acá, acá. Perdón. Es que yo digo catalpa y asumo que todo el mundo sabe qué árbol es”, dice riendo.

Me había imaginado su casa como la de un ermitaño: austera y despojada. Al llegar resulta ser una casa familiar, con un pizarrón lleno de actividades, fotos, mochilas de colegio, tres perros y un gato. Eric nos muestra su taller, que está sobrecargado de objetos, como todo en la casa. La biblioteca ocupa toda la pared. “Es probable que esta sea la biblioteca sobre Melville más grande de la región”, dice. Efectivamente, los estantes están repletos de lomos en los que se lee “Melville” en distintas tipografías: varias ediciones de Moby Dick, su obra completa, cartas, biografías, crítica. En el patio, bajo la Santa Rita, comienza la charla. 

Atletas: Marianne Moore decía que los poemas son como jardines imaginarios con sapos reales. ¿Qué buscás vos en un poema?

Eric: Uy, qué decir después de la frase de Moore… Yo intento que un poema refleje una situación que viví, pero al mismo tiempo que la escritura del poema complete esa experiencia. Tienen que darse ambas cosas. No me interesa un poema que dice algo que no está conectado conmigo. Para mí un poema tiene que ser un registro de la experiencia. En un sentido o en otro, pero en algún sentido tiene que ser el registro de una experiencia. Digamos entonces que me interesan más los sapos reales que los jardines imaginarios.
 

Atletas: ¿Cómo surgió la idea de crear una editorial?

Eric: Para alguien con un proyecto de escritura como el mío, publicar solamente en editoriales independientes (que son las que quiero, admiro y a las que siempre voy a apoyar) no era ni es económicamente viable. En 2010 yo trabajaba además en la escuela secundaria y eso hacía que la escritura comenzara a funcionar en una suerte de segundo plano y contrarreloj medio ficticio, y estaba en ese momento preciso en el que muchos terminan por resignarla o abandonarla a causa de las condiciones materiales necesarias para poder colaborar con la subsistencia de una economía familiar. No quería resignar la escritura, pero tampoco quería que la escritura no colaborara de alguna manera con la dimensión del trabajo más formal, digamos. Era un callejón típico. Entonces encontré esta solución que es la edición artesanal, que implica hacerse cargo de todo el proceso, involucrarse al máximo con la escritura en un sentido muy amplio que incluye la hechura de los libros y la circulación, todo lo cual permite ver resultados más rápido en términos de capital simbólico, de construcción de una obra y, por supuesto, también económicos. Diría entonces que viene de estas cuestiones: poder escribir y publicar cómo y cuándo quiero, y de generar las condiciones materiales para que eso ocurra y circule, lo que además me permitió dejar definitivamente la escuela secundaria para dedicarme casi por completo a este tipo de escritura total, que yo llamo edición artesanal. Por aquel entonces estaba además en un momento de mucha producción, tanto de traducciones como de textos propios, algo que por suerte continúa, y entonces la edición artesanal me permitió seguir eligiendo a las editoriales independientes que me interesan (y en las que siempre voy a publicar) para algunos proyectos y, al mismo tiempo, ir desarrollando el catálogo de Barba de Abejas. Me gusta diferenciar entre “vivir de” y “vivir con”. Vivir de las cosas tiene algo de parasitario. No quiero vivir de la escritura, porque entonces existe el peligro de encarar la cosa como una fórmula y eso generaría la repetición de algo que no sería genuino. Vivir con la escritura implica aceptar que va a haber cosas que van a funcionar y otras que (en principio) no, pero que deben ser intentadas y sostenidas de todas formas a lo largo del tiempo. Escribir principalmente poesía, si se quiere, es una manera más cercana a vivir con la escritura que de la escritura.
 

Atletas: ¿Cómo coordinás tu labor como editor, traductor, tallerista y escritor?

Eric: Haciendo de todo eso una parte muy importante de mi vida, y entonces el día se va repartiendo naturalmente entre todas esas cosas. Por supuesto que el trabajo editorial artesanal concreto requiere de programación, de un cronograma un poco más ajustado que el de la escritura, pero estando el taller en mi casa, taller que muy pronto duplicará su tamaño (Nota: Eric está armando un taller tipográfico con viejas máquinas y tipografía recuperada de plomo y madera en el lavadero de su casa), eso colabora para que todo sea parte de un ritmo, o ritual. Los proyectos en los que voy a trabajar suelen aparecer cuando estoy encuadernando, o bien cuando estoy fuera de mi casa caminando, corriendo, remando o andando en bicicleta. Es como si los proyectos tuvieran que ver siempre con una dinámica tanto interna como del cuerpo. Porque incluso el taller implica una gimnasia. Eso para mí es la escritura. No me gusta la expresión “literatura”: es quieta, fría, está fuertemente ligada a nacionalidades, géneros, cánones, leyes y cuestiones paratextuales cada vez más propias de los grandes grupos concentrados de la edición. La escritura tal como la entiendo, en cambio, tiene esta naturaleza multiforme que le permite ser muchas cosas al mismo tiempo y poder abrirse a otras prácticas que la atraviesan, redefinen y amplían. La edición se sumó naturalmente a la escritura, lo mismo que la encuadernación, la ilustración, la fotografía, la experimentación con prototipos de encuadernación: todo eso junto es para mí es la escritura. En este sentido, no diferencio la escritura de un poema de la encuadernación de un libro, que ciertamente tiene algo de recuperar una praxis antigua para darle una pequeña vuelta de tuerca a un objeto perfecto como el libro, y resulta que eso no es muy diferente de lo que hacemos cuando escribimos un texto: al fin y al cabo, escribir es intentar darle un pequeñísimo giro individual a una tarea colectiva como el lenguaje.

Fotografía por Rocío Fuhr

Atletas: Te adelantaste a la pregunta que seguía (risas). Era justamente: ¿qué importancia le otorgás a las condiciones materiales de la escritura?

Eric: Toda la importancia imaginable. Soy cada vez más un lector de libros que un lector de textos. Me interesan muchísimo los dispositivos materiales ligados a las escrituras. El texto por momentos se me figura como una entidad inasible, un cúmulo de indecisiones y de posibilidades infinitas, algo casi naturalmente digital, podría decirse; en cambio cuando se escribe en una hoja y se construye un objeto alrededor del texto aparece una forma, hay límites propuestos y ese diálogo interno me resulta muy estimulante: la posibilidad de diseñar, de borrar, de versionar, incluso de destruir, que es tan importante para la escritura… Las condiciones materiales de la escritura lo son todo para mí, incluso en el sentido de entender la escritura como la posibilidad de una estrategia de subsistencia, como un medio y un fin. La escritura y cómo circula esa escritura. No solamente como lo que es para la mayoría de las personas, quizás, algo que se hace en los ratos libres o cuando baja no sé qué cosa, cuando se puede, en definitiva. No, yo me doy cuenta de que tengo que escribir y esa necesidad tiene que ver también con que mi forma de vida está organizada alrededor de la escritura, y ni hablar mi subsistencia: como profesor, editor, traductor y escritor trabajo con escritura todo el tiempo. Todo forma parte de un mundo textual y material que, repito, para mí es muy interesante mantener así, completamente dinámico, autosuficiente y parte de una realidad personal íntima.
 

Atletas: ¿Cuáles son los aspectos que más te atraen de tu trabajo como editor?

Eric: Pienso que la escritura es necesariamente egotista, incluso en el peor sentido de la palabra. Considero que unos pocos lectores son suficientes lectores, tanto para colaborar con mi escritura como para sostener el proyecto editorial. En Argentina, y quizás en el mundo, la mayoría de los escritores somos escritores de trescientos lectores. Para mí tres, treinta o trescientos lectores está bien; ahora tres mil quizás suene más ridículo que deseable o incluso necesario. Entonces en ese punto yo me siento con la total libertad de escribir lo que quiero y de publicarlo cómo y dónde quiero, para un número de personas mucho más cercano a trescientos que a tres mil, a los que voy a poder llegar de manera directa, además. Como traductor, en cambio, siento que hay un punto medio entre la parte necesariamente escritural de la traducción y ese cuidado evidente respecto del autor y del texto fuentes (en mi caso, además, un otro admirado: siempre que traduzco algo lo hago desde ese lugar, jamás desde la obligación, aunque sí desde la necesidad), con la producción de un texto nuevo con un grado fuerte de coautoría. Como editor, por fin (aunque en igual medida que como responsable del Taller de Edición Artesanal), siento que soy todo lo generoso que no soy como escritor y que como traductor soy, en el mejor de los casos, a medias. Porque el editor es en realidad un lector privilegiado que tiene la posibilidad de materializar sus lecturas e intervenciones. En el caso de un editor artesanal “materializar” tiene además un significado literal: hacer los libros. Y eso me parece un gesto de humildad por un lado, y de generosidad por el otro. Compartir lecturas, dar a conocer textos y autores, fabricar libros a mano, todo para unos pocos que para mí son muchísimos, me hace pensar en cocinar, ese otro gran gesto de generosidad cotidiana que, por cierto, siempre compartimos con unos pocos. Veo un arco que va del egotismo (y la soledad) de la escritura al término medio de la traducción y al grado máximo de comunidad, si se quiere, de la edición artesanal. Que todo eso funcione junto es algo catártico y liberador, también. Thoreau decía “En mi cabaña hay tres sillas: una para la soledad, otra para la amistad y una tercera para la sociedad”. Una silla para la escritura, dos para la traducción y tres para la edición, diríamos.

Atletas: El mercado editorial está atravesando un momento de crisis muy profunda. ¿Qué medidas creés que habría que tomar para que la situación mejore?

Eric: Es evidente que este no es un buen momento para el mercado editorial (o para la industria de la cultura editorial), y que este gobierno, por acción u omisión, colabora con que la cosa empeore en unos términos generales e históricos, pero para mí hay en realidad un problema más grande que tiene que ver con la crisis del paradigma de la edición industrial tradicional. Se está dando una serie de cambios muy evidentes en cuanto a lo que significa producir libros para llegar a lectores dentro de un mercado, a cómo podrían ser esos libros, qué recorrido debe hacer un autor, cómo se construyen los catálogos y los lectores, etc. Y eso se podía percibir ya durante los últimos años del kirchnerismo. Después, hay un juego perverso entre la completa ausencia de ciertas políticas culturales concretas (compras por parte del Estado, subsidios, programas de traducción) y el uso oportunista o dirigido de las mismas. Pongo como ejemplo el eterno tema en boga de la suba del precio del papel: nunca se hizo nada para que la producción del insumo más importante de la producción de libros no quedara en manos de un oligopolio. Otros ejemplos: el Instituto Nacional del Libro, la ley nacional de protección de la traducción y los traductores, etc. Por eso más allá de la coyuntura creo que en realidad hay además todo un paradigma y una “industria creativa” en crisis. Pienso que la solución puede tener que ver, como quizás haya sugerido André Schiffrin hace 20 años, con devolverle a la edición la escala humana (qué es una editorial, cuánto publica, qué, cómo y dónde pone a circular los bienes materiales que produce, cuánto margen se espera obtener), y por eso aspiro y trabajo con el Taller de Edición Artesanal compartiendo todo lo que voy aprendiendo para que cada vez haya más editoriales pequeñas y diversas, artesanales o no, que se dediquen a un nicho propio y que le den al libro una vuelta de tuerca absolutamente personal. Hoy hay mucha gente que percibe que los libros son de hecho otra cosa, o al menos que tienen el potencial de serlo. En parte es como si se bastardeara a la gente, ¿no?: “La gente no lee”. Bueno, quizás hay mucha gente que no lee o no compra “lo suficiente para la industria”, y quizás sea porque la industria (y muchos asociados ingenuos, o cautivos) transformó al libro en un objeto seriado, sin identidad, omnipresente y muchas veces comercializado en lugares completamente inhóspitos cuando no ridículos; incluso las cosas que normalmente se dicen de los libros en los medios, o ese modelo de escritor de los medios, eso es parte del problema también. Por un lado, hay parálisis, entonces, y por el otro hay mucha dinámica de la inquietud ligada a la producción a baja escala, a cierta experimentación con las formas, a los viajes y los intercambios entre artistas (no solo escritores), a aprender constantemente y nunca dar por cerrado nada; y todo eso lo encuentro yo en cierta edición independiente, sí, pero más concretamente en el arte gráfico y la edición artesanal. Como decía, creo que hay que hacer de la escritura una vida y dejarse de joder un poco con la industria de la cultura de masas, que finalmente es la que causó todos los males de los que hoy estamos renegando y sufriendo las consecuencias. Y no es que la cultura sea pura y el mercado algo podrido, para nada, sino que hay formas mucho más interesantes, humanas y sin dudas eficientes de establecer dinámicas culturales asociadas al libro. Como dije, a pequeña escala, con otra dedicación, con otros tiempos, esperando y ayudando a crear otra sensibilidad también, soportando las frustraciones necesarias, pero confiando en que a largo plazo se construye algo duradero. En Barba de Abejas hay libros que en siete años han vendido casi quinientos ejemplares, lo cual es una risa en términos de la industria editorial tradicional, y hay otros que en el mismo tiempo todavía no alcanzan los cien, y no es que yo entonces a ese libro “fracaso” lo olvido y me concentro en hacer otro libro que de manera más fácil y rápida vaya a encontrar quinientos compradores (eso sería vivir de la escritura). Mi obligación como editor artesanal (aunque me animo a decir que como editor a secas) es mantener todos mis libros (por algo los elegí, ¿no?, ¿o al final eran solo otra cosa?), y eso en parte es lo que muchas editoriales industriales —incluso independientes me temo— olvidan (destruyen literalmente el tiempo que van a necesitar para respirar en el futuro). Algunas librerías han hecho otro tanto, abriéndole las puertas a las consignaciones que luego los asfixian. Si tu libro a los seis meses no rota lo necesario ni vende lo suficiente, afuera. Utilizar supermercados (o supermercados disfrazados de librerías) para vender libros indistintamente y sin ningún interés real. Bueno, eso también es la industria de la cultura. Entonces yo siento que es momento de reconstruir un paradigma, y por eso no hay mejor momento que este para ser editor. Y eso está acá, es algo que se percibe en el aire, y definitivamente se respira más fuerte en circuitos alternativos como las ferias, por ejemplo, donde el público y el mercado, por definición anónimos, cobran la forma de lectores personas con rostro humano y cosas que decir sobre lo que uno hace (sin intermediarios). Hay un lector diferente para libros diferentes, que está pensando el texto pero también espera todos los gestos constructivos que acompañan un libro.

Fotografía por Rocío Fuhr

Atletas: ¿Creés que la mirada se puede entrenar? ¿Cuáles te parecen las herramientas más valiosas y útiles para darles a tus alumnos de taller?

Eric: Claro que la mirada (y la mente que mira, sobre todo) se puede entrenar. La poesía o la escritura son maneras de interactuar y de ver el mundo. Disfruto mucho la actividad de museo con la mirada, por un lado; la observación de todo aquello destinado a ser observado, puesto ahí para eso como un cuadro o un fósil preservado en una vitrina. Pero por otro lado también está la mirada ligada al paisaje, más libre y suelta: y me interesa mucho qué pasa cuando no pasa nada, especialmente; voy a un lugar donde no pasa nada, me siento y me quedo dos horas, no quince minutos, dos horas o más, porque ahí empiezan a ocurrir muchos fenómenos (y muchísimos más epifenómenos, sobre todo). Ese, para empezar, me parece un buen entrenamiento. Lo que pasa es que no sé si se puede recomendar eso directamente así, porque puede sonar medio esnob, ¿no?, decirle a alguien: “Tienen que ir al campo y caminar dos horas por un camino vecinal, o detenerse en el fondo de su casa y mirar el ligustro hasta que algo aparezca”, pero bueno, para mí es un poco así. Todo es un espejo, en definitiva. Digo, miramos tanto una página en blanco esperando que algo aparezca y en realidad, como dice Emerson, la naturaleza está llena de símbolos y la lectura debe ser creativa. Entonces, por qué encarar esa actividad estéril de mirar una página en blanco y tratar de imaginar, cuando podés “simplemente” mirar algo que está ahí de todos modos y ver qué pasa: animales, el paisaje, plantas, la mente en movimiento, el texto de otro incluso, y sobre todo: todo lo que no está ahí. También la ciudad sirve, desde ya, pero las ciudades tienen en principio una esencia más distractiva, así que es otro tipo de entrenamiento ese. Pero mi consejo sería este: entrenarse para mirar donde no hay nada que ver.

 

Atletas: Tu poesía tiene un fuerte componente gráfico, un uso particular de los espacios en blanco, paréntesis y corchetes. ¿Para las lecturas, buscás alguna forma de transcribir eso a la oralidad?

Eric: No. No porque… no tengo casi ningún respeto por la poesía leída, esa es la verdad. Carrión en ese texto del que yo siempre hablo, “El arte nuevo de hacer libros”, dice: “La poesía es canto, repiten los poetas. Pero no la cantan. La escriben. La poesía es para decirse en voz alta. Pero no la dicen en voz alta. La escriben”. Tiene la crudeza y veracidad de un evangelio casi. Para mí la poesía tiene una dimensión de la escritura que es mucho más importante que la de la lectura. Voy a las lecturas porque la paso bien, desde ya, te encontrás con amigos, tomás cerveza y charlás de un montón de cosas, pero no es algo a lo que yo le dé una entidad superior: para mí leer poesía es una consecuencia absolutamente secundaria de escribirla. Me doy cuenta además de que cuando leo todo el trabajo que pongo en la parte gráfica del poema (pero incluso del poema dentro de una sección o del libro) se pierde, porque hay algo de lo naturalmente impracticable en ese pasaje. ¿Cómo se hace para leer a Cummings? Todo ese trabajo se pierde y esa pérdida para mí es muy importante. Entonces bueno, lo lamento por los fanáticos de las lecturas orales, aunque quiero decirles que las he disfrutado a todas y también que espero poder seguir haciéndolo (risas).

 

Atletas: Escribís mucho sobre la naturaleza y pienso en que muchos poetas naturalistas hoy asumieron un rol activista, por decirlo de alguna forma, ya que, si no se encargan de proteger la naturaleza, no podrían escribirla. ¿Cómo te posicionarías ahí? ¿Qué relación te parece que hay entre naturaleza y escritura?

Eric: Yo no soy un activista visible de Salvemos a las ballenas, digamos, o del vegetarianismo. Ahora, entiendo que todo lo que acabo de decir sobre la edición artesanal forma parte de un modo sustentable y ecológico de producción de libros en la medida en que son necesarios. Mis posturas ideológicas al respecto son, entonces, algo periféricas a mi praxis de la escritura, y si bien están ahí nunca soy determinante o demasiado explícito al respecto. Traducir y publicar a Thoreau, Emerson, Everett Ruess, John Muir o Roger Deakin debería hablar por sí mismo, ¿no? El foco de la cuestión está puesto, definitivamente, en otras cosas: la contemplación, porque me parece que somos animales visuales y estamos diseñados para ver y construir un lenguaje que pueda reflejar eso (y ese vínculo construye con el tiempo, necesariamente, el respeto, la preservación y hasta la devoción necesarios por la naturaleza) y permitirnos compartirlo; y por el otro la experiencia (de eso mismo, si se quiere): la acción ligada a lo anterior, ahora voy a caminar esa distancia, voy a remar, voy a andar en bicicleta esos 50 kilómetros, y también voy a reflexionar y escribir y dibujar y fotografiar todo eso, incluso esto mismo ahora. Aprovecho para decir esto: se han ido publicando libros míos que tienen que ver concretamente con el paisaje natural, o rural, pero tengo una serie de libros que no aparecieron todavía y que son sobre ciudades (Rosario, Necochea, Valparaíso, Santiago, Brooklyn, incluso una ruta de 400 km pensada como territorio) y que para mí también son en cierta forma sobre “la naturaleza”. La ciudad entendida como espacio ganado a la naturaleza donde de alguna manera la naturaleza subsiste y se la puede percibir tanto a través de lo evidente visual como de la experiencia más subjetiva (el cansancio, la necesidad de silencio o soledad, los árboles, la lectura del paisaje de cemento y hierro y cristal como si fuera un texto fósil que yo estoy tratando de decodificar, los animales atropellados, etc). Por lo tanto, iría más allá y diría que siempre se está trabajando con la naturaleza, porque el lenguaje es la naturaleza. Naturaleza también es un término demasiado amplio, ¿no?, que nosotros recortamos al jardín, al campo, a la soledad en el paisaje; pero en realidad hay un montón de experiencias ligadas a la naturaleza en todo momento y en todos lados. Pienso que la dimensión del lenguaje es la más evidente. ¿Cómo decimos las cosas que estamos viendo y no podemos aprehender del todo por la razón que sea? Unos dirían que eso es literatura, otros que eso es poesía. Para mí eso es escritura.

 

Atletas: ¿Tu trabajo como editor y traductor tienen alguna repercusión sobre tu escritura?

Eric: Toda. Toda la que se pueda imaginar. Tengo muchos proyectos de escritura vinculados a los viajes como editor (algunas de las ciudades que mencioné antes, donde di el taller itinerante sobre edición artesanal) pero también a lo que estoy leyendo para traducir o para tomar partes y refundirlas y generar textos y objetos nuevos. Hay una apropiación fuerte y directa ahí, siempre. Incluso la traducción, como dije, aunque con cierto cuidado también (sin que por eso la duda por el cuidado no deje de aparecer a menudo…). En cambio, cuando estoy escribiendo “mi propia” escritura, por así decir, valen tanto la reescritura del primer capítulo de Moby Dick, la traducción de poesía concreta, un fragmento del rollo digital de las redes sociales o un viejo libro de recortes que está escaneado en archive.org. Cuando estoy leyendo de pronto identifico el destino del texto: esto es para traducir, esto es para reescribir y hacer un libro diferente, esto es para deformarlo como texto y expresarlo casi completamente como forma-objeto, acá no hay un “original”. Esa posibilidad y libertad son muy productivas. Lo que me lleva a preguntarme cómo es que se leerán efectivamente mis traducciones de textos tan diferentes en el tiempo (1850 o 2010) y en el espacio (Estados Unidos, Inglaterra, la traducción al inglés de un texto en japonés o alemán). ¿Cómo pienso y escribo esas traducciones y cómo se leen? ¿Soy yo mismo leyendo y escribiendo textos de otros y aun así se trata siempre de la misma voz detrás de la misma máscara que intenta esconderse? No lo sé, pero quizás uno de los objetivos de la traducción sea revelarnos eso. Un momento aterrador, ¿no? Y sin embargo algo de eso mismo puede estar ocurriendo cuando escribimos un poema…

Atletas: Ahí volvimos a la pregunta del principio: qué buscas en un poema.
Eric: Mirá que buen cierre entonces, naturalmente volvimos al principio.

Al momento de partir, le vuelvo a decir a Eric: “Qué hermosa esta catalpa en flor”. Él contesta: “¿Sabés qué curioso? La parcela donde está enterrado Melville se llama catalpa”.

No podría ser de otra manera.
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Fotografías por Rocío Fuhr.

Sofía López Mañan. Sin título, de la serie Anónimos, 2012.

Marina do Pico se pone en la piel de una adolescente y captura ―sensible, irónica― un festejo de Año Nuevo que amenaza con ser el fin del mundo. Un fluir interior, garabatos al borde de un precipicio temporal.
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Por la ventana veo al Peugeot azul que estaciona torcido sobre la vereda. Todavía tengo la toalla sobre la cabeza. Mamá me va a matar. Al menos ya sé qué vestido me voy a poner. Sobre el escritorio hay un paquete brillante. No soy supersticiosa pero no por eso me voy a negar a la sensación de ropa nueva sobre la piel. Abro el paquete y me pongo la bombacha rosa que mi abuela insistió en regalarme. Es suave y tiene un olor exquisito a algodón limpio. Dejo el desorden de mi cuarto y bajo sin secarme el pelo. Quiero llegar a cortar los quesos antes de que me reten: “siempre te vas a duchar cuando llegan”.

Germán está engullendo un pedazo de pan con brie y aceituna. Ya es tarde. Me sirvo una copa de vino e intento participar. Sergio está diciendo que la chocotorta no es una torta real; “el otro día una mamá del jardín de Loren me dice que se pasó toda la tarde cocinando la torta para el nene. No, querida, lo que hiciste fue ensamblar galletitas como si fuesen legos, dejame de joder”. Germán le contesta que es un esnob. Me vuelve loca esa innecesaria e que le agrega al anglicismo por inercia. Años discutiendo con Fran: es Slash, no Eslash. Ay, sorri quin of ingland. No es que espere que lo pronuncien como nativos, pero a mí no me engañan: los he escuchado decir Spinetta y spaghetti sin mayores tropiezos fonéticos.

Salimos al jardín con los tragos en la mano. Papá se queda adentro porque es el que cocina y mamá va y viene con panes. Raúl habla sobre monjes tibetanos. Yo acabo de leer Siddhartha, lo cual es un poco cliché, pero no me molesta hacer cosas cliché: peor hacer algo distinto con pretensiones de originalidad. Les cito una parte de Siddhartha que me gusta: No longer to be Self, to experience the peace of an emptied heart, to experience pure thought -that was his goal. Pongo especial énfasis en the peace of an emptied heart. Me miran con cara de “mirá a la nena”. Saben que estoy cerca de terminar el secundario, pero prefieren olvidarlo porque los deprime. Supongo que yo haría lo mismo. Me preguntan ¿En qué grado estás?

Sergio, ¿me pasás el vino porfa? le digo suavecito para que mamá no escuche. Cómo no, cómo no. Este está buenísimo, es especial. Le sonrío como si me importara. Si no tiene gusto a vinagre, para mí está bien. No registro puntos medios o matices. Me sirvo la copa bien cargada para no tener que pedir de nuevo. Papá dice que es vulgar servirse tan llena la copa. Más de una vez le contesté “soy vulgar” con ojitos desafiantes, esos que a mi papá lo vuelven loco. Ya me siento vieja para contestar así, los ojos se me van para abajo solos, no puedo mantener la frente tan tensa y mi media sonrisa se desmorona.

Se me acerca Leticia con sus dientes enormes manchados de vino. Huelo sus intenciones: va a hacerme un cuestionario extenso seguido por una sesión de terapia vocacional y algunas frases de autoayuda mezcladas con comentarios deprimentes del tipo “ay lo que daría por tener tu edad”. Germán la conoció “por el círculo” y decidió traerla hoy porque es de “nuestra onda”. Trato de buscar respuestas generales y a la vez satisfactorias a las preguntas de Leticia. ¿Qué carrera quiero estudiar? Una mezcla de todas las cosas que alguna vez quise hacer. Fingir el interés que alguna vez tuve por esas cosas. Pero no quiero hacer eso. Prefiero divertirme un poco. Voy a estudiar Enfermería, le digo. Pero además quiero hacer cursos de arcilla, terapia musical y sanación con cristales, quiero ayudar en una ONG, tener un impacto positivo en el mundo.

Germán se suma a nuestra conversación. ¿Qué cuentan las chiquis? Leticia le relata mis supuestas aspiraciones de vida con su voz de fumona, que ahora arrastra más de la cuenta. Germán parece sorprendido, pero está feliz de no tener que seguir preguntando. Nadie sabe qué preguntarle a una persona en edad escolar. ¿Cuál es tu materia favorita? Qué desastre de conversación. Ahora, en cambio, puede adentrarse en un monólogo sobre la medicina “alternativa”. Germán se prende un cigarrillo y quiero pedirle uno, pero se supone que dejé de fumar a los catorce. Tengo algunos cartones vacíos de Lucky Strike hechos un bollito en el cajón de mi escritorio. Están ahí hace años. No los tiro porque me da nostalgia. También tengo una botella de vodka a medio tomar escondida en el placard. Probablemente nunca la termine. De tanto abusarlo me quedé asqueada. Ahora tomo vino.

Nos sentamos todos en la mesa y Raúl propone un brindis. Hace un chiste sobre que se viene el fin del mundo y luego dice que, si esto resulta ser cierto, está feliz de pasarlo con nosotros comiendo, bebiendo y divirtiéndose. Amén. Las copas chocan. Nos miramos a los ojos como lunáticos. Pepe trae la gran sorpresa envuelta en una manta india. La pone sobre la mesa y remueve la manta: es una narguila gigante. Los amigos de papá se ríen como niños. Trajo una mezcla de hierbas para que fumemos. “Son más que nada por el sabor, no pegan mucho… digo, por los chicos”. Sergio se preocupa mucho por nosotros, “los chicos”. Viene de una familia muy tradicional y la mía le resulta insoportablemente relajada. La nena vestida así, prácticamente con el culo al aire, fumando porro, tomando, escuchando las guarangadas de estos cincuentones borrachos. Se nota que no le gusta ni medio, pero jamás interviene, es muy respetuoso para eso. Papá corta el budín de banana loco que hizo Raúl. Le dicen banana bread impostando un acento británico. “Te sirvo un poquito”, se justifica papá. Sé que cuando estén en pedo me voy a poder servir las porciones que quiera. Por lo pronto, aprovecho que están todos mirando a Germán y me sirvo otra copa de vino.

El tema del fin del mundo trae a colación el tópico de conversación obligado para esta velada: las especulaciones que caen sobre el año 2012 de acuerdo con el calendario maya. Como si a Occidente de repente le importara lo que tienen para decir los pueblos originarios. Pepe dice que es estúpido interpretarlo de manera literal, se trata de una “renovación”. Sonrío. Me parece divino que piensen que el mundo se puede renovar. El new age los dotó de un optimismo irreparable. Ojalá mi generación sea más práctica.

Cuando terminamos de cenar ya tengo una botella de vino encima y bastante banana bread. Siento un cosquilleo agradable y mucho para decir, o vomitar. Entro a mi cuarto y busco mi diario que está bajo una pila de apuntes. En el pizarrón que cuelga al lado de mi cama están mis garabatos esquizofrénicos, miles de flechas y letra ínfima, los conceptos se superponen: resource-based economy, based on the understanding that…, private property, anarchism, capitalism, consumer goods, vocation, ARTIFICIAL INTELLIGENCE, possible solutions, hermaphrodite, he can’t spell ovaries, says ovalos instead, rye fields. ALE ME DICE QUE ESCRIBA EN CASTELLANO, con la letra de Ale. Abajo “Lo cual NO incluye la locución ‘negro de mierda’”. Sí la incluye, pero no me gusta que Ale la use y vivimos peleando por eso. Ahora todas mis anotaciones me parecen infinitamente tristes. No hay sistema que funcione y todo va a seguir más o menos igual, hasta que no siga. Borro el pizarrón con mi vestido. Si el mundo se va a terminar, tampoco importa manchar mi vestido. Apago la luz y me llevo el diario a la mesa con otra copa de vino. Se me cae un poco sobre el borde de la hoja.

Escribo la fecha de hoy. Trato de pensar en la última vez que fui feliz, pero todas las imágenes que me vienen a la cabeza pertenecen a sueños. Muchos son en espacios vacíos. Sueño con el vacío. Divago por campos de golf de noche, me hago festines en shoppings, me acuesto en todas las camas y destruyo los vidrios, camino por el desierto, hago fiestas en gimnasios, me veo todas las películas del videoclub en orden alfabético y me como todos los Ferrero Rocher que encuentro en la estación de servicio. Mi mundo ideal está vacío y yo estoy sola. ¿Me van a volver a nombrar la desaparecida del verano? Probablemente. Y quizá otra vez lea libros que me hagan sentir más inteligente que el resto de las personas de mi edad y vuelva a hablar de manera críptica para reírme yo sola. Siempre me estoy riendo sola. Como ahora, que sonrío un poco pensando en que nadie sabe lo que estoy pensando. Estas alegrías jugosas que me esperan: venga 2012, anhelo toda tu novedad.

Debería llamar a mis amigos e ir a una fiesta. Pero enseguida veo toda la secuencia en mi cabeza. Terminar en un baño con un rugbier colándome los dedos, sus dedos gordos y brutos que no entienden que la velocidad no me hace nada. Que me meta su lengua menta turbo Beldent y me enfríe un poco más. Ver a la gente que baila bien por el rabillo del ojo, intentando enganchar un paso así, acostarme a las siete de la mañana con el rouge corrido, los talones ardiendo y el pelo oliendo a cigarrillos. Quiero algo distinto. Succiono el humo sabor a oriente y me sirvo otra rodaja de banana bread. La noche negra se cierra sobre mí, la luz de las velas parece más tenue y las caras se borronean. Digo que ya vengo, voy a dar una vuelta. Están todos tan borrachos y fumados que no me prestan atención.

Agarro una llave en la escalera y salgo descalza a la calle. Las primeras cuadras corro, muy rápido, lo más rápido que puedo con la copa en la mano. Veo a lo lejos la vereda de pasto fresco y decido que ese va a ser mi aterrizaje. El freno brusco me hace salir disparada y caigo boca abajo. Mi vestido blanco está lleno de pasto mojado. Por suerte, mi copa no se volcó. El cielo está claro, casi sin estrellas. Da vueltas como un caleidoscopio. Una mariposa negra se posa sobre mi boca abierta y yo automáticamente la cierro. La mariposa pasa por mi tráquea casi sin esfuerzo. Me deja un sabor amargo. Estoy a punto de vomitar, pero la retengo. Creo que me va a dar suerte.

Me levanto y camino a casa lento. “Ojo, no te cortes los pies”. Me asusto, pero enseguida me doy cuenta de que es Darío, el guardia de la esquina. Le sonrío. Tal vez esté bueno estar solo: tomar mate, mirar la luna. Al fin y al cabo, es como cualquier otra noche. “Feliz año nuevo, Darío”. Llego a las doce. El cielo se puebla de pólvora. Me gusta el trabalenguas. Repito para acordármelo: querido diario, se pu-e-bla de pól-vora.

Cómo puede una distinguir el fin del mundo de un festejo de año nuevo cualquiera. En los dos el cielo explota. Lo crítico es lo que viene después. Mi celular se prende de repente y vibra enloquecido como diciendo la sangre todavía corre y el wifi también. Aparentemente, nena, la vida sigue. Los mensajes se abalanzan encimados: la comunicación hoy es para mí un pliegue que vuelve sobre sí mismo, un cable de teléfono que se enreda, una palabra que no solo se deforma, se achata. Alguien pone Time after time, cantada por Chet Baker y ahora me siento optimista y melancólica a la vez. ¿Cómo sería el tiempo después del tiempo? Me acerco al lugar donde tiraron los fuegos artificiales y miro los anillos negros que quedaron en el pasto. Me parecen preciosos. Respondo con un corazón a todos los mensajes.

Los amigos de mi papá corren descalzos por la calle y alzan sus copas de champagne. Yo me uno, grito, salto. Doy un paso hacia el precipicio del falso fin del mundo. No puedo decir nada verdadero. Tomo un sorbo de champagne y creo sentir a la mariposa negra aleteando en mi garganta.
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Ilustra el texto la fotografía de Sofía López Mañan. Sin título, de la serie Anónimos, 2012.