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Nicolás Freibrun

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Hace muchos años, cuando decidí estudiar Ciencia Política, descarté las posibles opciones de Letras y Psicología. Sin embargo, esa elección profesional no anulaba el interés por las otras, que fueron ganando un lugar y siempre me acompañaban. Con el correr del tiempo me fui dando cuenta de que todas las preguntas y los problemas importantes giran en torno del lenguaje –los intelectuales y los más obvios de la vida cotidiana–, y que por lo tanto una vida sin ficciones resulta intolerable e incomprensible. Por eso, leer y escribir son algo más que reconocidos hechos de cultura. Si estamos atentos, pueden producir en nosotros las más significativas formas del placer y la felicidad. Aquí vamos.

Nicolás Freibrun reseña La tejonera (Chai Editora, 2021), de Cynan Jones.


La tejonera
Cynan Jones
Chai Editora
Trad. Laura Wittner
2021
148 páginas

Con La tejonera, Chai Editora incorpora a su cuidada colección de literatura en inglés otro hallazgo del escritor Galés Cynan Jones. La editorial ya había publicado en 2020 Tiempo sin lluvia, del mismo autor, donde aparecen algunos de sus tópicos que en este segundo libro lo consolidan como una de las voces literarias más prometedoras de las nuevas generaciones. Traducido por la poeta Laura Wittner, este potente texto no solo cuenta una historia, sino que también es un ejercicio de depuración del lenguaje, una escritura que se esfuerza por evitar cualquier exceso. Escribir –según Virginia Cosin, Alejandro Zambra y Julio Ramón Ribeyro– no es completar la hoja en blanco sino un procedimiento inverso: escribir es podar, dar forma a las ideas y recortar el bosque para hacer visible el árbol, como la técnica que se aplica al bonsái. 

La tejonera, traducción del original The Dig, se inscribe en ese modo de pensar y hacer literatura. Aquí el lector se enfrenta a la historia de dos personajes que se mueven en el territorio difuso del campo galés, una geografía donde los límites, tanto físicos como legales, se presentan borrosos. Imaginados por Jones como dos arquetipos contrarios, Daniel y el grandote tienen sin embargo algo de desgracia compartida y de vidas errantes paralelas. En el espacio y sus límites, se condensa y desplaza una tensión que parece poder estallar en cualquier momento, una violencia contenida que crece y se expande, y que se respira en el aire. Pero es como si ese movimiento de permanente tensión que se corporiza fuera inhalado por Daniel y exhalado por el otro, que en la bruma de la noche pantanosa y violenta caza tejones para venderlos en oscuras peleas clandestinas. 

Son los lejanos ladridos de los perros, o el canto de un pájaro por levantar vuelo al clarear, los que dan la dimensión del tiempo y de la existencia, para luego apagarse nuevamente y devolver a los personajes a sus cosas y pensamientos. Sin embargo, no habría que ver en Cynan Jones un culto a la naturaleza ni a la vida campesina, sino la descripción de una rutina de vida que, como todas, puede transformarse con el tiempo en ajena. Como en El Peregrino de J. A. Baker, el horizonte de Cynan Jones es entender que “no hay vínculo más grande que el del miedo compartido”.

Así se cifran los movimientos de esas vidas que tienen en común el peligro; más bien, la sensación de un peligro que por eso mismo no se anuncia o nunca termina de producirse, porque es dicho desde una prosa que va borrando sus propios límites hasta confundirse con la poesía como la expresión mínima del lenguaje. No es una casualidad que la traducción esté a cargo de una poeta. Pues, ¿no aparece allí el estado más intenso de la literatura, el que deja del lado del lector la posibilidad de imaginar lo que no se nombra porque ya ha sido dicho de otro modo? 

En este libro de Cynan Jones la virtud poética consiste en registrar que lo ominoso nunca se asimila del todo; que lo propio del lenguaje es su impropiedad. El campo y tierra adentro, una geografía conocida por el lector argentino, es la superficie invariante sobre la que se recortan los dos personajes, que cargarán hasta el final con la inevitable presencia del peligro que nunca alcanzarán a comprender del todo.