“Mensajes de Oriente”, Dolores Castaño.

Es la traducción, tal vez, donde más abiertamente podemos ver los problemas del lenguaje: la tan discutida escisión entre forma y contenido. El traductor sabe que uno arrastra al otro, que son el mismo cuerpo. Por eso, está en permanente estado de alerta y, aun sabiendo que el idioma es sobre todo un modo de percibir el mundo, pone en marcha lo imposible: traer esa mirada a otro idioma y crear algo nuevo, pero con el anhelo de quedarse para siempre en el original. Su aventura es arrancar un pedazo de mundo o que al menos lleguemos a leer la fuerza de esa extracción. 

La adolescencia es el tiempo de las malas traducciones: rebeldes y arrebatados, íbamos a comprar o saquear un Dostoievski usado y barato. Qué importaba la traducción, teníamos nuestro Dostoievski. Ni siquiera nos importaban el prólogo, la editorial, las nacionalidades y los años. Todo eso vino después, cuando el libro fue más allá de un título y un autor. Dimos nuestros primeros pasos en la escritura copiándonos de esas malas traducciones. Borges cuenta que de niño leyó el Quijote en una traducción inglesa y que cuando se enfrentó a la original le pareció una mala traducción. Borges, podemos pensar, maniobra esta anécdota de infancia para debatir sobre las formas de narrar y pone en crisis las figuras del autor y el traductor. Pone en crisis la idea del texto original al cederle al traductor la palabra, la historia, el universo del texto ya devenido en otro nuevo original. 

Entrevistamos a tres traductores y escritores argentinos para conocer ese primer impulso que los llevó a trabajar y descubrir una escritura partiendo de esa otredad absoluta que es el texto de otro en otro idioma. Para pensar en la traducción de textos no ya como experiencia binaria (pasaje de una lengua a otra) sino como un encuentro triangular cuyo punto de partida es la experiencia individual, un modo de percibir el mundo. Inés Garland, Jorge Fondebrider y Ezequiel Zaidenwerg conversaron con Atletas Revista acerca de este oficio inagotable.

Los inicios

ATLETAS: ¿Cómo fue tu primer acercamiento a la traducción? ¿Tu entrada fue por la atracción al idioma, como ejercicio de escritura o porque te atrajo un autor o una autora en particular? 

Garland: Entre los dieciséis años y los veinticuatro leí muchos más libros en inglés que en castellano. Al principio fue porque quería aprender bien el idioma, después fue porque me caían en las manos libros en inglés. Salvo los autores del boom latinoamericano, mis lecturas eran en inglés. Cuando leo siempre tomo notas en los cuadernos de turno, que no son diarios, pero son íntimos. En algún momento, empecé a querer traducir esas notas que antes copiaba en inglés. Hoy en día, cuando leo algo que me conmueve, lo copio en mis cuadernos: a veces transcribo, a veces traduzco.

Cuando leí a Sharon Olds, empecé a traducirla para mí. Les daba esas traducciones a mis alumnos y a algunos amigos y las compartí con Ignacio Di Tullio. Fue él quien me convenció de traducirla. Lo hacíamos para nosotros y para nuestros talleres, pero un día nos dimos cuenta de que teníamos más de sesenta poemas y decidimos presentárselos a una editorial. Esa antología de poemas [La materia de este mundo (Gog y Magog, 2015)] fue mi primer libro traducido que se publicó. 

Traducir es la mejor manera de conocer a un autor. Es siempre una sorpresa. Debe haber pocas cosas que me den tanto placer como sentir que logré tener en mi propia lengua el impacto que tuvo para mí un texto –del género que sea– cuando hice la lectura del original, aunque diría que en realidad el proceso de traducir amplía ese impacto, le da matices, lo profundiza. Porque pensar en las alternativas de traducción de una palabra, de una frase, de un párrafo, lograr la “confabulación” entre palabras de la que habla John Berger –ese acuerdo entre ellas para que lo que aparece funcione y fluya y diga lo que quiere ser dicho– es un ejercicio que obliga a entrar en las profundidades de un texto.

Fondebrider: A la traducción me acerqué en la primera adolescencia para entender qué decían las canciones de los Beatles. De ahí pasé a Bob Dylan. De Bob Dylan pasé a la poesía estadounidense; fundamentalmente, Ezra Pound, T. S. Eliot y otros poetas que siempre me gustaron, como Theodore Roethke o Randall Jarrell. Más adelante llegó la poesía irlandesa y ahí sigo muy cómodo y entusiasmado. La traducción de prosa fue un ejercicio paralelo. Prefiero la no ficción y los ensayos a la narrativa. Y prefiero los cuentos a la novela, que es el género que menos me interesa, aunque entiendo el valor de superstición que tiene en nuestra época, por cierto, muy pobre y provinciana.

Zaidenwerg: Entré por atracción al idioma y como ejercicio de escritura. Pero sobre todo porque no podía escribir mis propios poemas, para expresarlo convencionalmente. Empecé a traducir como práctica vital en un momento de sequía, luego de terminar mi primer libro. Por desgracia, haber hecho de esa práctica una parte tan central de mi vida no surtió el efecto deseado: ahora desconfìo más que antes de la necesidad de sumar mis ruiditos al barullo de fondo.

JORGE FONDEBRIDER: “A la traducción me acerqué en la primera adolescencia para entender qué decían las canciones de los Beatles”

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Madame Bovary
Gustave Flaubert
Eterna Cadencia
Traducción de Jorge Fondebrider

Jorge Fondebrider es poeta, ensayista, periodista cultural y traductor. Publicó los libros de poemas Imperio de la luna (Libros de Tierra Firme, 1987), Standards (Libros de Tierra Firme, 1993 y Trilce Ediciones, 2017), Los últimos tres años (Libros de Tierra Firme, 2007) y La extraña trayectoria de la luz. Poemas reunidos 1983-2013 (Bajo la luna, 2016). Entre 1986 y 1992 fue secretario de redacción de la revista Diario de Poesía, cuyo consejo de dirección integró durante los primeros diez años de existencia de la publicación. En 2009, junto con Julia Benseñor, creó el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, desde hace once años en funcionamiento. Ha traducido, entre otros, a Claire Keegan, Patricia Highsmith, Georges Perec, Jack London, Gustave Flaubert. Su traducción de Madame Bovary (Eterna Cadencia, 2014) es de las más elogiadas y leídas en círculos académicos.

ATLETAS: ¿Cómo fue la experiencia de ser traducido? ¿Te sorprendieron algunas de las decisiones de tus traductores?

Fondebrider: De los idiomas que hablo y traduzco, fui traducido al inglés y al francés. También al sueco, pero ahí no puedo decir nada. Al inglés fui traducido por Richard Gwyn, un excelente escritor y poeta galés a quien traduje al castellano. Sus decisiones, en más de una oportunidad, me asombraron. Pero él es un excelente escritor y el inglés es su lengua, de modo que no puedo más que agradecerle e imaginar que acaso me mejoró. Traducir no es solo poner palabras de una lengua en otra. Hay que traducir culturas y crear un equivalente y, por la manera en que fueron recibidos mis poemas en Gran Bretaña e Irlanda, Richard hizo un trabajo excelente. Al francés me tradujo algunos poemas Jean Portante, un poeta de Luxemburgo que sabe castellano. Su trabajo, debo decir, no me movió un pelo. No sabría opinarlo. 

ATLETAS: ¿Cuánta libertad creativa te permitís a la hora de traducir un material? ¿Considerás a la traducción como una extensión de tu propia escritura? 

Fondebrider: Sin la menor duda. Traducir me ha permitido resolver problemas que se me planteaban en castellano para los cuales no tenía una solución. Alguien, sin embargo, la había encontrado en otra lengua. En ese sentido, la poesía irlandesa (y la literatura irlandesa en general) me sirvió para recuperar algunos aspectos de la propia tradición argentina, soterrados por años y años de mala literatura. Por mi temperamento, desconfío de las metáforas y reivindico las imágenes, y los irlandeses, para eso, son muy buenos. Luego, no me interesa mayormente el pensamiento abstracto, y esa es la marca de fábrica de la literatura irlandesa: hablar en términos metafísicos a partir de los objetos más inmediatos, recuperar la dimensión histórica, identificar el lugar desde el cual se escribe y extrapolar todo eso para buscar una cierta universalidad. Con respecto a la primera pregunta, traduzco al castellano y, por lo tanto, tengo que escribir en castellano y no en un idioma extranjero forzado a entrar a presión en un molde que le es ajeno. Siempre trato de apegarme al original hasta donde sea posible. Y trato de mantener un criterio rítmico que no atente contra el sentido. No se puede traducir Bach a Vivaldi. La música es lo que más sufre con la traducción. Eso lo advirtió antes que nadie Ezra Pound y me parece un criterio más que atendible. En otro orden, intento usar palabras comunes a las distintas provincias de la lengua castellana siempre que sea posible. Jamás voseo. Hay una traductora española que tradujo La señora Bovary, como si se tratara de una comadre de Pontevedra y no de la hija de un granjero normando. La “madame” del título debe mantenerse para que se sepa que eso no pasa en cualquier lado, sino en Francia. El vos, inevitablemente, remite a la Argentina. Lo que pasa en Dublín, Londres o Edimburgo no ocurre en Buenos Aires.

Notas de traductor

ATLETAS ¿Cuál es tu postura frente a las notas del traductor? ¿Hasta qué punto debería entenderse un texto?

Zaidenwerg: Las evito a toda costa en textos literarios. Las notas hacen los textos menos inteligibles en un sentido importantísimo: rompen la ilusión de que estamos leyendo una lengua viva, que se basta a sí misma. Traducir, en rigor, es reinventar esa lengua, no ir a verla al zoológico.

Garland: Trato de evitar las notas de traductor, pero tampoco me gusta para nada traer algo ajeno a la cultura propia al punto de cambiar una geografía, una marca, una canción, la manera de decir. Hay distintos criterios al respecto: el mío es que haya un borde un poco incómodo, como si el lenguaje empujara los límites. Lo más interesante de otra lengua es, justamente, que es otra, diferente, ajena y, sin embargo, habla de algo que tenemos en común. Si la naturalizo demasiado, se deja de ver eso “otro”. Pero el borde no es fácil de encontrar. A mí me interesa que un texto se entienda, salvo que sea incomprensible en el original y creo que no me gustaría traducir a un autor críptico.

Hay notas de traductor que son una delicia. Las de Richard Burton a la traducción de Las mil y una noches, por ejemplo. Son cansadoras, pero abren a un mundo con costumbres que él conoció bien. En una historia, para separar a unos futuros amantes les mienten diciéndoles que el otro tiene lepra; la primera vez que se ven lo que mencionan el uno del otro es la dulzura de la voz y la piel de las muñecas “que brilla como plata bruñida”. La nota al pie aclara que la lepra no perdona ni las muñecas y las manos, ni la voz. Sin saber eso, uno se pierde algo, aunque la belleza del texto se sostenga. Otros traductores elegirían no mencionarlo y también estaría bien, pero a mí me gustó saberlo.

Fondebrider: Los clásicos deben ser traducidos con alguna frecuencia porque: a) a medida que pasa el tiempo, sabemos más sobre ellos, y b) la lengua cambia. Mi traducción de Madame Bovary es la número 76 en castellano. Primero me fijé si podía decir algo distinto con ella y encontré que había espacio para hacerlo. Luego busqué sumarle algún valor agregado. Me pareció que hacer una edición anotada (que, en principio, no me pidió la editorial) era una manera de añadir ese valor. Trabajé sobre tres tipos de notas: lo que culturalmente era necesario aclararle a un lector de lengua castellana sobre usos y costumbres franceses de ciento cincuenta años atrás; lo que Flaubert había dicho de cada una de las escenas de su novela en su correspondencia y cuadernos de notas, y lo que la crítica había dicho sobre cada aspecto del libro en todo el tiempo transcurrido desde su publicación en 1857 hasta 2014, año en que salió mi edición. Consulté con los especialistas franceses, cotejé ediciones traducidas a otras lenguas y pasé cuatro años de mi vida aprendiendo lo que es la literatura con una profundidad que hasta el día de hoy me sorprende. Entusiasmado por todo ese proceso, después hice lo mismo con los Tres cuentos, también de Flaubert, que era mi proyecto inicial. Y me dispongo a hacer lo mismo con Bouvard y Pécuchet. En los tres casos tuve becas del Centro Nacional del Libro de Francia que me permitieron pasar tres meses en París y trabajar con especialistas, visitar lugares, etc. Eso fue invalorable. Y recientemente repetí la experiencia con El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, cuya edición anotada ya entregué a Eterna Cadencia. 

Vuelvo entonces al principio: los clásicos deben ser leídos con un aparato que nos permite recomponer lo que de otra manera no veríamos, tanto desde el punto de vista lingüístico como desde el punto de vista cultural. Doy dos ejemplos: en Madame Bovary, en la escena del baile en el castillo, las damas, en un momento dado, ponen sus guantes sobre las copas. Eso, en el tiempo en que sucede la novela, significaba que ya no querían ser servidas. Luego, en “La leyenda de San Julián el Hospitalario” [uno de los Tres cuentos], el padre le regala al protagonista una jauría completa. El texto francés menciona la raza de cada perro y Flaubert se tomó el trabajo de investigar qué hacía cada uno de ellos durante la caza, siguiendo manuales del siglo XII. Muchos traductores se limitan a poner “perros” y no los nombres que figuran en el original. Y si bien es cierto que son perros, no saber qué clase de perros son elimina la mitad del sentido que tiene esa lista. Se escuchan muchas interpretaciones disparatadas si no se posee esa información. Yo, por lo menos, la agradezco. Y si a alguien le molestan las notas, está en su derecho de saltearlas.  

INÉS GARLAND: “Traducir es la mejor manera de conocer a un autor”

Sharon Olds, el descenso a los infiernos personales.
La materia de este mundo
Sharon Olds
Gog & Magog
Traducción de Inés Garland e
Ignacio Di Tullio

Inés Garland es cuentista, novelista, tallerista y traductora. Publicó la novela El rey de los centauros (Alfaguara, 2006) y el libro de cuentos Una reina perfecta (Alfaguara, 2008), que fue premiado por el Fondo Nacional de las Artes. En 2014 se convirtió en la primera autora hispanoparlante en ganar el premio Deutscher Jugendliteraturpreis por su novela juvenil Piedra, papel o tijera (Alfaguara, 2009). Ese mismo año también publicó La arquitectura del océano (Alfaguara, 2014) y El jefe de la manada (Alfaguara, 2014) y en 2017 publicó la novela corta Una vida más verdadera (Alfaguara, 2017). También publicó la novela juvenil Los ojos de la noche (Loqueleo, 2016) y la colección de cuentos Con la espada de mi boca (Alfaguara, 2019). Ha traducido a Lorrie Moore, Lydia Davis, Tiffany Atkinson, Mavis Gallant y Sharon Olds. En 2017 obtuvo una beca para trabajar en una traducción de The Unswept Room, de Sharon Olds, en la Casa de Traductores Looren (Suiza).

ATLETAS: ¿Cómo fue la experiencia de traducir en residencia?

Garland: Traducir en la Casa de Traductores Looren fue una experiencia maravillosa. Nunca en mi vida había sido tan disciplinada; me enseñó a levantarme todos los días, desayunar, sentarme a trabajar hasta el mediodía y volver a mi cuarto y trabajar hasta la hora de cenar. Fue monacal para mí. Pero al final del día de trabajo salía de mi habitación y me encontraba con mis compañeros de residencia y cocinábamos juntos y comíamos y conversábamos y tomábamos vino. La soledad de la escritura (sea propia o por traducciones) era totalmente diferente por el encuentro con ellos. Fui muy feliz. Me tocó un grupo de personas a las que quiero mucho y con las que seguimos en contacto. Y la casa era una belleza. Los ventanales de los cuartos daban al campo quebrado y a las montañas y, a lo lejos, el lago de Zúrich. Las nevadas que duraban toda la noche; amanecer y que todo fuera blanco y silencioso; trabajar y levantar la vista para encontrarse con esa maravilla.

ATLETAS: La relación con el lenguaje es muy distinta cuando se trata de un idioma aprendido en la adultez o con un propósito particular. ¿Cuál es tu conexión con el idioma que traducís? 

Garland: Fui a un jardín de infantes y a un colegio bilingües, pero además amé el inglés. Era la lengua materna de mi abuelo y yo lo quería mucho. Mi padre hablaba muy bien inglés también y leía en inglés y era muy crítico con las traducciones en las películas, por ejemplo. De chica me parecía que si no hablaba inglés me perdía los chistes porque lo escuchaba reírse y criticar la traducción que no le parecía graciosa. Si pienso en esa característica mía de la voracidad, la certeza de perderme algo es intolerable. Conozco gente que es feliz sin entender, que puede escuchar hablar sin entender y hasta se siente liberada de no tener que contestar o seguir una conversación. Yo me vuelvo loca. Amo el inglés. Amo lo específico que es, lo directo; está lleno de acción, las palabras se transforman –los verbos en sustantivos, los sustantivos en verbos–; es muy sensorial, muy musical. Me conmueve, me entusiasma. Traducirlo también amplía el conocimiento de mi propia lengua y me hace probar maneras de decir distintas, una cadencia distinta y algo muy despojado que se filtra en mi propia escritura.

Volver a traducir

ATLETAS: ¿Qué autor o autora ya traducidos te parece imperioso volver a traducir? 

Fondebrider: Estamos en una época de muchas y muy buenas retraducciones. Andrés Ehrenhaus y su traducción de la poesía de Shakespeare es un ejemplo. Jorge Aulicino y su versión de la Divina comedia, otro. Está lo que hicieron Jan de Jager y Juan Arabia con Ezra Pound, lo que acaba de hacer Silvia Camerotto con el Paterson de William Carlos Williams. Está el excelente trabajo de Matías Batistón con las novelas de Samuel Beckett. O las versiones de los clásicos rusos de Alejandro González. Y eso que estoy hablando solo de traductores argentinos. La lista es muy larga y abarca muchos países de la lengua castellana. Puedo decir más bien qué me gustaría traducir a mí: los cuentos de Francis Bret Harte, la novela Tres vidas de Gertrude Stein, el Autumn Journal de Louis MacNeice. Mi lista también es larga.

Garland: A mí me dan ganas de traducir a muchos, pero de puro voraz que soy. Cuando un autor me gusta lo quiero traducir. Me gustaría muchísimo una buena traducción de una antología de cuentos de Isaac Babel, por ejemplo. Hay muchos autores que se han leído en traducciones españolas muy castizas y que sería maravilloso traducir de un modo más cercano a nosotros. El tema más complicado es la temperatura. La temperatura es una idea de Lydia Davis, que es traductora también, y es un concepto muy certero. Las palabras tienen una temperatura y es posible buscar esa temperatura en el propio idioma. Lo más difícil en ese sentido son los diálogos. Encontrar una temperatura equivalente en un diálogo sin acercarlo a una manera de hablar localista es casi imposible. Y mantener esa idea de que lo que sea que está traducido no pasó a la vuelta de la esquina y sin embargo nos es cercano, es un gran desafío.

Zaidenwerg: Creo en las traducciones imperiosas más que en el imperio de les autores. Perdón por esquivar pomposamente la pregunta: con toda honestidad, no sé qué responder.

EZEQUIEL ZAIDENWERG: “Empecé a traducir como práctica vital en un momento de sequía”

Ezequiel Zaidenwerg (@zaidenwerg) | Twitter
La crisis es el cuerpo
Jesse Lee Kercheval
Bajo la luna
Traducción de Ezequiel Zaidenwerg

Ezequiel Zaidenwerg es poeta, docente y traductor. Publicó los libros de poemas Doxa (Vox, 2007); La lírica está muerta (Vox, 2011; Cástor y Pólux, 2017); Sinsentidos comunes, ilustrado por Raquel Cané (Bajo la luna, 2015); Bichos. Sonetos y comentarios, en colaboración con Mirta Rosenberg e ilustrado por Valentina Rebasa y Miguel Balaguer (Bajo la luna, 2017), y 50 estados: 13 poetas contemporáneos de Estados Unidos (Bajo la luna, 2018). Su poemario La lírica está muerta fue publicado en inglés como Lyric Poetry Is Dead, en traducción de Robin Myers y con dibujos de Carmen Amengual (Cardboard House, 2018). Estudió Literatura Latinoamericana en la Universidad de Nueva York y fue docente en la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Además, es editor de poesía de la revista Berlin Quarterly, publica regularmente traducciones en su blog zaidenwerg.com y produce Orden de traslado, un podcast de poesía y traducción.

ATLETAS: ¿Cómo fue la experiencia de ser traducido? ¿Te sorprendieron algunas decisiones de tu traductora?

Zaidenwerg: Fue una experiencia hermosísima, que me hizo creer por un momento que mis poemas eran mejores de lo que son. No me sorprende, por lo demás, que Robin Myers sea maravillosa. Hace años que nos tiene acostumbrades a todes.

ATLETAS: Algunos poemas los traducís en lenguaje inclusivo (por ejemplo, “El poder para la gente”, de Curtis Mayfield). ¿Qué hay detrás de esa decisión? ¿Cuándo crees que vale la pena hacer ese traslado?

Zaidenwerg: En ese caso en particular fue una intervención deliberada, un cover sin pretensiones miméticas. Me es más fácil justificar la verosimilitud del mimetismo cuando traduzco a personas más jóvenes, en especial si critican, de manera tácita o explícita, los roles tradicionales de género.

La traducción como crítica literaria

ATLETAS: ¿Crees que la traducción puede convertirse en un acto de crítica literaria? Cuando elegís qué traducir, ¿estás armando tu propio canon?  

Zaidenwerg: Sí, de hecho, las traducciones que más me interesan son las que ejercen esa crítica sin tapujos, pero a la vez sin caprichos. En cuanto a la pregunta por el canon: no, de hecho, es al revés. En realidad, traduzco sobre todo contra mi propio gusto.

Fondebrider: La traducción no solo es un acto de crítica literaria, sino también parte del acervo literario de un país. Las traducciones de Borges, de José Bianco, de Girri y de muchos otros grandes escritores locales son literatura argentina. Respecto de lo segundo, hace ya varios años que puedo darme el lujo de decidir qué traducir. Soy yo, generalmente, quien va con los proyectos a las editoriales y quien decide qué quiere traducir y qué no. Por caso, de la literatura francesa, me interesan especialmente Flaubert y Perec. A ambos los traduje mucho. Posiblemente, alguna vez, traduzca también el Viaje al fin de la noche, de Céline. En cuanto a las literaturas de Irlanda, Escocia y Gales, que son mis favoritas, en castellano hay menos del 10 por ciento traducido, de modo que hay muchísimo trabajo por delante que me propongo hacer hasta donde me dé el cuero. Resumiendo, cada autor que traduzco me gusta mucho. Es lo que me pasó con contemporáneos míos como Richard Gwyn y Patrick McGuinness, entre los galeses; con Claire Keegan, Peter Sirr y Moya Cannon, entre los irlandeses; con Tom Pow entre los escoceses. Y como tengo algún tipo de desviación didáctica, intento también dar a conocer autores desconocidos que nos permitan ver que el mundo es mucho más grande y menos limitado que el que ofrece nuestra hoy muy provinciana literatura argentina.

Garland: No siempre elijo yo qué traducir. Hasta ahora nunca traduje autores que no me gustaran. Sharon Olds y Mavis Gallant fueron dos autoras que elegí yo, pero además para las dos hice mi propia compilación. La antología La materia de este mundo fue una compilación que hicimos con Ignacio; los cuentos de Mavis Gallant fueron una selección hecha muy a conciencia de sus cuentos más autobiográficos en los que la protagonista es siempre Linnet Muir, su alter ego de la niñez y la juventud. Esa selección no había sido traducida y no estaba reunida en ninguna parte. Me hizo muy feliz que Leonora Djament (de Eterna Cadencia) compartiera mi entusiasmo por ella. A Lorrie Moore la eligió Leonora. Ahora estoy traduciendo a Jamaica Kincaid, que fue una elección de los editores de La Parte Maldita.

Lo intraducible

ATLETAS: ¿Qué es intraducible?

Zaidenwerg: Nada, si dejamos de lado la idea de que la traducción es un sistema de equivalencias y, sobre todo, si nos libramos de la superstición de la autoría individual.

Fondebrider: Todo es traducible. Depende de quién lo traduzca. Lo que es cierto es que no todo el mundo puede traducir todo. Yo, por ejemplo, soy bastante insensible a las rimas internas y al tintineo que tiene cierta poesía, como la de Emily Dickinson o Marianne Moore. Hugo Padeletti y Mirta Rosenberg, por cuestiones intrínsecas a su propia escritura, lo hacían maravillosamente bien. Entiendo que hay textos que le hablan a uno y otros que no; también que hay gente que puede enfrentar ciertos desafíos y otra que no. Sobre la Biblia se ha edificado toda una civilización, pero cuando uno compara las distintas traducciones de un idioma a otro, o incluso las distintas traducciones dentro de un mismo idioma, a veces se siente tentado a pensar que se trata de libros distintos. Hay al menos dos religiones que se desarrollaron a partir de esas interpretaciones. Hablar de intraducibilidad es más una forma de esoterismo que una verdad.

Garland: Muchas cosas son intraducibles. Hay que resignarse. Hay que mirar lo que sí se puede traducir y entender que sin imperfección no hay traducción posible. Pero eso hay que entenderlo también para la propia escritura de modo que es un buen aprendizaje. Es muy difícil traducir el humor, los juegos de palabras, los dobles sentidos, las rimas, la música. A veces es para volverse loca, pero siempre parece más grave en el momento de encontrarse con la traba que después cuando se puede ver el panorama general. En el caso de la musicalidad, hay que ver si, una vez traducido, el texto tiene su musicalidad, otra, diferente, pero válida. A mí me ayudó a ver la dimensión de lo que hacía una amiga que no habla inglés y es una gran lectora; ella me dijo que sin mis traducciones no habría tenido la posibilidad de conocer a Sharon Olds y sin las traducciones en general no podría conocer a la mayoría de los autores que ama.


PORTADA e INTERIOR:

Dolores Castaño.
“Mensajes de Oriente”
16 de alto x 23 de largo.
Tinta sobre papel de un libro japonés.


Autor

MARA BEGER: Nació el 16 de enero de 1995. Estudia Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de las Artes, donde es adscripta en la cátedra de Taller de Narrativa I. Asiste a las clínicas literarias que coordina Liliana Heker. En 2020, publicó una selección de poemas en Costanza Revista ||| MARINA DO PICO: Nació el 27 de julio de 1995. Es diplomada en Lengua Inglesa por la UNSAM (2018) y estudia Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de las Artes, donde es adscripta en la cátedra de Narrativa Universal I.

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