Valentina Schajris
Ilustración: Luisa Lerman

La historia empieza cuando su gran amigo y mentor, escritor como la protagonista, se suicida inesperadamente. Cuando la narradora de El amigo, la novela de Sigrid Nunez, empieza a transitar su duelo, tiene que hacerse cargo de Apollo contra su voluntad. Al perro se lo “encajan”. Se lo encaja su amigo muerto. Pero ella es una mujer de gatos, dice. Vive en un departamento ínfimo encastrado en el tetris de Manhattan en el que, además, no se admiten mascotas. El perro se convierte en su pareja estable, su nuevo mejor amigo, su confidente. Ahora duermen en la misma cama, se respiran el aliento, se abrazan.

Al día siguiente de terminar el libro, una amiga me recomienda una película. En Wendy and Lucy (2008), de Kelly Reichardt, Wendy sueña con llegar desde Oregón hasta Alaska en un auto viejo que se descompone y que la deja varada en un pueblo perdido. La road movie se vuelve imposible. Wendy es una joven desarraigada. La única conexión verdadera que establece con otro ser vivo es con su perra Lucy, mezcla de labrador y retriever. En una de las primeras escenas del film Wendy entra a una de esas tiendas típicas del imaginario estadounidense: satinada y reluciente, de productos orgánicos, sin azúcar y plant-based. Intenta robarse la comida para Lucy y, cuando está por salir de la tienda con la lata en el bolso, un adolescente la agarra del brazo y la acusa de ladrona. Un minuto después, a través del vidrio trasero del patrullero que se lleva a su dueña, vemos a Lucy, atada al poste de las bicicletas en la entrada del supermercado. Cuando Wendy vuelve, la perra ya no está. El resto de la película es la búsqueda desesperada para encontrarla. A diferencia del libro de Nunez, donde Apollo y la narradora se reúnen sin desearse, confinados a un espacio diminuto, en la película de Reichardt, Wendy y Lucy son separadas en un pueblo muerto al norte de Estados Unidos que se vuelve infinito.

En el diccionario se define al perro como “mamífero doméstico de la familia de los cánidos, de tamaño, forma y pelaje muy diversos según las razas, que tiene un olfato muy fino y es inteligente y muy leal al hombre”. Pero también como “persona despreciable” y “mal o daño que se ocasiona a alguien al engañarle en un acuerdo o pacto”. Ya en 1737 la RAE establecía que la palabra derivaba de pyr (fuego en griego), por el carácter del animal: ¿seco y fogoso?

En un foro de internet, @Charlie comenta que la raíz per –en griego frigio se escribe περ–  significa “más allá”. Per entonces no sería una palabra, más bien sería un concepto: “Ir hasta el límite, más lejos de lo que se espera”. La segunda parte, ro, es homóloga al término ultra. La palabra perro es una frase de dos cabezas.

A lo largo de la historia y de la mitología, una se encuentra con que el perro se encontró siempre entre dos representaciones: figura de obediencia, lealtad y fidelidad al hombre por un lado, o bien umbral entre dos mundos, el de la vida y el de la muerte. El perro: conexión entre la dimensión humana y un “más allá” turbulento y oscuro. En la Grecia antigua, como los lobos, eran consagrados a Ares, pero también eran los guardianes de Artemisa: figura del fiel, del guerrero, del protector siempre dispuesto al ataque para defender antes que para defenderse.

Cuando era chiquita mi papá me alzaba al pasar por la puerta de una casa donde había un ovejero alemán que se abalanzaba contra el portón y nos mostraba los dientes. Mi abuela me apretaba la mano y me pegaba a ella si pasábamos cerca de algún perro. A veces hasta cruzábamos la calle. La primera perra que tuvimos con mi familia, Juana, me mordió el pie cuando tenía un año y la regalaron automáticamente. La volví a ver diez años después, corriendo muy contenta y sin una pata en el patio de la señora que me cuidaba en ese entonces. Nunca supe qué le pasó. Gala, nuestra segunda perra, mi primera y única Apollo, murió de envenenamiento cuando tenía sólo dos años. Después de eso trajeron tres gatos. 

Al día siguiente de ver la película de Reichardt, voy a la casa de mi novio y llevo mi libro de Nunez. Luna descansa en los pies de la cama, una Border Collie suave y esponjosa como la miga de un pan casero. “Sus grandes ojos castaños son impresionantemente humanos, me recuerdan a los tuyos. Tener aquí a tu perro es como tener una parte de ti”. Le cuento que en mi búsqueda-obsesión por querer saber más sobre ellos me encontré con una teoría que asegura que los ojos de los perros se mimetizan con los de sus dueños. 

Cuando apenas nos conocíamos le mostré unas fotos mías de chiquita. Al verlas me dijo que sentía que algo me había cambiado en la mirada. Como si hubieras perdido la inocencia, como si tuvieras una mirada de alguien que creció de golpe, me dijo. 

Luna se sube a la cama. Apoya su pata arriba de mi pecho. Él intenta bajarla pero le pido que la deje, le acaricio las orejas frías. Tienen los mismos ojos, marrones como las cáscaras de dos nueces.

Autor

Nació el 10 de mayo de 1996. Estudió Dirección Cinematográfica en la Universidad del Cine, y Artes Combinadas en la Universidad de Buenos Aires. Todavía busca entender cómo ser un poquito de todo a la vez.

6 Comentarios

  1. María Alejandra Fontenla Responder

    Excelente relato ! Conmovedor y emotivo !! Hermosas columnas semanales .

  2. Muy muy hermoso cómo tejés en el texto lo propio y lo ajeno, volviéndose ambos mundos casi una misma cosa, signada por una gran sensibilidad. Te felicito.

  3. Emotivo, profundo, simple. Lo terminé de leer y fui corriendo a abrazar a mis perras! Gracias!

  4. Querida Valentina:: me enorgullece ver cómo
    podés expresar lo aprendido en este tiempo.
    Tu esencia humanística, aflora en cada actividad que llevas a cabo. Te admiro.
    Y además te amo.
    Tu abuelo, y Marita, te felicitamos y besamos.

  5. Miguel Angel Responder

    Hola. amorcito: Me enorgullece verte tan
    mujer, con tanta base humanística, que puedas plasmar en tan hermoso relato. Te amamos, tu
    abuelo Miguelito y Marita.

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